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15 agosto 2017

La belleza y lo bello

Actualmente, puede apreciarse la obra de Pablo Picasso Las señoritas de Aviñón por sus cualidades estéticas, y al mismo tiempo admirar un cuadro del pintor francés Jean-Honoré Fragonard, del siglo XVIII, por su gracia y belleza. El sentido del gusto contemporáneo se ha ampliado de tal manera que incluye ahora cierto grado de subjetividad, frente a la concepción unívoca existente en épocas pasadas. En consecuencia, hoy día resulta mucho más difícil definir lo bello.
Girasoles de Vincent van Gogh (Metropolitan Museum of Art, Nueva York). Representante del estilo postimpresionista y hombr{? atorm{?ntado por un desequilibrio mental. Van Gogh pintó esta explosión de colores con un estilo propio e irrepetible. A pesar de que por obras como ésta se han llegado a pagar cifras incalculables, el pintor sólo llegó a vender dos cuadros en su vida. 


 Granjeros jugando a la petanca de Jan Steen (Kunsthistorisches Museum, Viena). Este pintor holandés se caracterizó por la pintura costumbrista, como lo demuestra la temática de esta obra pintada hacia 1650

        El estudio y la preocupación por lo bello es antigua: ya en época de la Grecia clásica diversos filósofos, desde Platón hasta Aristóteles, habían escrito sobre la belleza. Sin embargo, hasta el siglo XVIII no se consolida el estudio de la belleza como un discurso específico y diferente de la filosofía o de las artes; es lo que se conoce como estética y que funda el filósofo Alexander Baumgarten.

        Las interpretaciones que han existido a lo largo de la historia acerca de la belleza son básicamente dos: por una parte, ésta puede considerarse desde la perspectiva objetivista si se afirma que en las obras se dan ciertas condiciones que garantizan un valor estético; frente a esta teoría, también se da una postura más subjetivista, que es la que sobresale en la actualidad y que pone el acento en la experiencia o la percepción del espectador.

        A partir de esta dicotomía, también se ha dado un doble planteamiento en cuanto a la manera de abordar la creación. Hasta el siglo XVIII, algunos artistas fueron del parecer de que bastaba con imitar hábilmente la naturaleza, pues ésta contenía la belleza en sí, y citaban como ejemplo a Caravaggio y los pintores holandeses; en cambio, para otros, la verdadera belleza dependía de la capacidad del artista de idealizar la naturaleza, como se supone que hicieron Rafael, Carracci o Reynolds. La primera postura mencionada es la que ha predominado en gran parte de historia del arte. Se funda en la teoría de que estas condiciones objetivas son el resultado de que se mantengan unas proporciones entre las partes y su ordenamiento, lo que tuvo su origen en la observación de la armonía de los sonidos por parte de los filósofos pitagóricos.
 Anunciación de la Virgen de Annibale Carracci (Museo del Prado, Madrid). Representante de la corriente clasicista del Barroco, el artista pinta el milagro de la Asunción con gran teatralidad. La Virgen sube al cielo rodeada por un torbellino de nubes, mientras algunos apóstoles contemplan asombrados la escena y otros buscan su cuerpo dentro del sepulcro vacío . 

        Se trata, asimismo, de una teoría que mantuvo Platón, con la salvedad de que el filósofo situó la verdadera belleza en una esfera diferente de la del mundo de los mortales, en el mundo de las Ideas.
       
        Con ello, Platón puso las bases de una concepción metafísica de la Belleza al incluirla, junto con la Verdad y la Bondad, en el mundo que está más allá de las cosas sensibles y múltiples.

        Por lo tanto, según la teoría platónica, la belleza de las cosas sensibles sólo es el resultado de una copia, o una imitación, de la verdadera Belleza. Únicamente participa de cierto grado de belleza. No obstante, Platón consideró que la admiración por las cosas bellas se convierte en un camino privilegiado para acceder al conocimiento, al mundo de las Ideas.

El Partenón, en la Acrópolis de Atenas. Edificio emblemático de la Antigua Grecia construido entre los años 447 y 432 a.c. como templo dedicado a la diosa Atenea. En la obra intervinieron los arquitectos Actino y Calícrates bajo la dirección de Fidias. Está construido en estilo dórico y se utilizó mármol pentélico. Ni el paso del tiempo y ni la acción de los expoliadores han podido destruir su majestuosidad. 

        La aplicación práctica de la concepción de la belleza como armonía de las partes defendida por Platón se puede observar en la arquitectura de la Grecia clásica, que seguía unos cánones estéticos de acuerdo con unas convenciones matemáticas. Así, se establecían las dimensiones generales y de los detalles de cada edificio en función de una medida concreta denominada módulo, la cual se multiplicaba para obtener la euritmia, es decir, un juego de relaciones simples y armónicas entre el conjunto y las distintas partes.

        En siglos posteriores, la concepción objetivista de la belleza encontró poca oposición: en el siglo I, el escritor y arquitecto romano Vitrubio desarrolló esta teoría aplicada a la edificación. En su obra Los diez libros sobre arquitectura expuso que un edificio es bello cuando todas sus partes mantienen las proporciones apropiadas de altura y anchura, y cumplen las exigencias de una simetría.
Claro de luna sobre el mar de Caspnr Davi3 íriedrich (SMPK Nationalgalerie, Berlín). Pintada en 1822, es una obra en la que el artista logra con lumiosidad que proporciona la luna al anochecer y su reflejo en la superficie del mar.

        Durante el Renacimiento, el influyente arquitecto · escritor Lean Battista Alberti volvió a retomar la misma idea al definir la belleza como la armonía y a buena proporción. En su obra De re aedificatoria aparece expuesta por primera vez una descripción del empleo de los cinco órdenes en Italia, lo que se convirtió en una nueva base para su correcto uso.

        Alberti introdujo además una novedad en la teoría objetivista de la belleza: afirmó que la belleza no procedía exactamente de una imitación exacta, sino que debía tomarse de la naturaleza lo que había de más bello.
La salida del sol en la bruma de William Turner (National Gallery, Londres). Pintada en 1807, es una obra que muestra el dominio del artista para reflejar esta atmósfera espesa, ípica del amanecer a orillas del agua. También muestra a los pescadores limpiando y vendiendo el pescado que acaban de obtener.
        El declive de esta teoría tuvo lugar en el siglo XVIII, con la llegada de la sensibilidad romántica, cuando apareció una concepción de la belleza de carácter subjetivista. Ésta defiende que en realidad lo único que tenemos cuando afirmamos que algo es bello es una reacción subjetiva del espectador ante unos estímulos recibidos.

        La belleza, por lo tanto, se da en relación con el espectador que contempla la obra y no el objeto en sí. Como afirmó Kant, todos los juicios sobre belleza son juicios individuales.

        Paralelamente a esta nueva manera de entender la belleza, se fundaron otras categorías estéticas: lo sublime y lo pintoresco, muy relacionadas con la idea que se plantearía poco después, durante el romanticismo, de que la obra debía producir un choque en el espectador.

        La primera de las categorías mencionadas, lo sublime, surgió a mediados del siglo XVIII y se podría definir como un sentimiento de desbordamiento producido por la inmensidad de la naturaleza. A diferencia de lo bello, que produce deleite, lo sublime está relacionado con la sensación de infinitud e incluso de horror porque no se puede dominar la naturaleza.

        Hay una obra de Caspar David Friedrich en la que el autor transmitió estas sensaciones. Se trata de Salida de la luna sobre el mar. En este cuadro, tres pequeñas figuras vistas de espaldas contemplan la grandeza e infinidad de la naturaleza. Se trata de una escena dramática y heroica que muestra el paisaje como algo inconmensurable, desbordante, y que el ser humano jamás podrá dominar.
Merde d'Artiste de Piero Manzoni. En una exposición del Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos, realizada entre octubre de 2004 y febrero de 2005, cuyo nombre era Hors d'Oeuvre, orden y desorden en la alimentación, Manzoni expuso este envase.

        La otra categoría estética que apareció al margen de la belleza fue lo pintoresco. En sus orígenes, pintoresco significaba "lo que es propio de la pintura o de los pintores" y se traducía en la creencia de que la naturaleza produce unos estímulos que son los que se traspasan al lienzo en forma de manchas de diferentes colores e intensidades. Un exponente de esta categoría estética fue William Turner.

        Con el desarrollo de estas nuevas percepciones en la valoración de las obras, las posibilidades artísticas se ampliaron. No sólo el arte ya no tenía por qué responder a una belleza, sino que además se comenzó a introducir de una forma muy paulatina la idea de que éste incluso podía ser antiestético o poco agradable para los sentidos. Francisco de Goya, por ejemplo, evolucionó desde unas obras que estaban pensadas para agradar, los cartones que realizó por encargo de la Real Fábrica de Tapices, hasta sus obras ya de madurez, al final de su vida, de carácter más lóbrego. Entre otras, se le atribuyen las pinturas de los muros de su casa, conocidas como las pinturas negras de la Quinta del Sordo. Estas composiciones, entre las que destaca Saturno devorando a su hijo por ser una de las más impresionantes, podrían reflejar, en caso que se confirmara la autoría de Goya, la parte más oscura del pintor, el aislamiento en que se hallaba inmerso debido a su sordera y la amargura que sentía tras haber sufrido la guerra de la independencia.

        Finalmente, en el siglo XX se produjo la ruptura definitiva en relación con la teoría de la belleza con la afirmación de que el objetivo más importante del arte ya no es rendir culto a la belleza. Algunas obras del artista italiano Piero Manzoni pueden entenderse como una burla hacia el sistema del arte, por ejemplo, su serie Merde d'artiste, latas rellenas de sus propias heces y etiquetadas.

Fuente: Texto extraído de Historia del Arte. Editorial Salvat

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