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25 noviembre 2017

El Tajín


Un poco más al norte de esta gran zona central veracruzana se encuentra El Tajín, la ciudad dedicada al dios de la lluvia y del trueno, metrópoli cultural y religiosa del pueblo totonaca durante el período clásico. Es ahí donde culmina el arte de toda esta región, con la erección de numerosos edificios cuya ornamentación se ve frecuentemente realzada mediante frisos de las mencionadas volutas entrelazadas. Y si estos edificios carecen de la monumentalidad -y de la solemnidad- de Teotihuacáno de Monte Albán, presentan en cambio un aspecto alegre, ligero y elegante. Las plataformas, las escalinatas y los propios basamentos de las pirámides ostentan variantes locales de “tableros” rematados con una alta cornisa biselada y perforados con profundos nichos, o adornados mediante grandes diseños de grecas u otros motivos geométricos en fuerte relieve. Y al captar los rayos del sol, estos elementos se vuelven animados, produciendo un juego particularmente vivo de luces y sombras.
El Tajín (México). Sitio arqueológico de la cultura totonaca que se caracteriza por el hábil manejo del nicho, un elemento arquitectónico que se distribuye de diferentes maneras en los edificios de la zona, como se puede apreciar en esta imagen. 

El ejemplo más representativo de esta arquitectura es sin duda la famosa “pirámide de los nichos”, cuyos profundos nichos suman, junto con la puerta de acceso al santuario, un total de 365, en relación simbólica con los días del calendario solar. Este armonioso edificio, en que se combinan de una manera muy feliz los elementos horizontales y verticales, destaca en medio de las otras construcciones del centro ceremonial. Y el color claro de sus piedras se recorta sobre el fondo cubierto de exuberante vegetación de los cerros circundantes, en aquella fértil región totonaca, tierra tropical que vio nacer el cultivo de la vainilla.

Pirámide de los nichos en El Tajín. Ejemplo capital de la cultura totonaca y una de las piezas arquitectónicas más notables del México antiguo. Está formada por 365 nichos, tantos como días tiene el año solar, y las grecas que decoran las alfardas son trece, como los números que forman la combinación de su calendario. La escalinata frontal, flanqueada por un entrelazado de serpientes en forma de grecas, acentúa su verticalidad. La belleza del monumento ha de apreciarse sin olvidar la relación que guarda con una serie de ritos cosmológicos. 

Después de haber sobrevivido por algún tiempo al tremendo colapso del mundo clásico mesoamericano, El Tajín será abandonado a su vez, junto con otros centros totonacas como Las Higueras, donde se han descubierto excelentes restos de pintura mural que revelan aspectos poco conocidos de la cultura totonaca clásica. Y las ciudades que se van a levantar en esta región durante los siglos anteriores a la conquista española distan de tener el esplendor que se ha visto en El Tajín. Este es el caso de Cempoala, última capital totonaca, ciudad vasalla del imperio azteca y primera en aliarse a Hernán Cortés cuando éste desembarcó por fin en Villa Rica de la Vera Cruz. ¡Ilusos totonacas, que esperaban de esta manera sacudirse un yugo, sin imaginarse que iban a forjarse uno más férreo, contribuyendo además al desmoronamiento total del mundo indígena!

Fuente: Historia del Arte. Editorial Salvat.

Los hallazgos de El Zapotal

Las excavaciones realizadas durante la segunda mitad del siglo XX en El Zapotal, enclave situado a escasos kilómetros al oeste de Laguna de Alvarado, en el estado de Veracruz, nos muestran numerosos vestigios del período clásico en esta zona de Mesoamérica. Aparte de las figurillas sonrientes a las que ya hemos hecho mención, destaca el hallazgo de un fascinante santuario dedicado al dios de los muertos, Mictlantecuhtli, que aparece modelado en barro sin cocer, sentado en un increíble trono. Asimismo, en el tocado que luce la figura del dios vemos esculpidos cráneos y cabezas de lagartos. 

Fuente: Historia del Arte. Editorial Salvat.

Yugos, hachas y palmas

Aparte de su importante producción de estatuillas en barro, la región veracruzana es la cuna de una extraña escultura cuyos tipos más frecuentes se conocen bajo los nombres de "yugos", "hachas" y "palmas", a causa de su apariencia. Su función original es todavía un tanto misteriosa, aunque se relacione tal vez con ritos funerarios y con algunos aspectos regionales del juego de pelota. Pero por sus formas características, este interesante complejo escultórico ocupa un sitio muy especial dentro del panorama artístico del antiguo México. 

⇦ Escultura tipo hacha (Museo Nacional de Antropología, Ciudad de México). La cultura totonaca, originaria de la costa del Golfo, practicaba el deporte ritual del juego de pelota y estas esculturas eran la estilización en piedra de las cabezas obtenidas por decapitación, punto culminante del ritual del juego. En este caso es una pieza pequeña realizada en piedra dura y de un color grisáceo. 



Finamente labrados y pulimentados en piedra muy dura, los "yugos" suelen representar vigorosas estilizaciones de animales como el jaguar y el sapo, cuyos rasgos esenciales se hallan magistralmente adaptados a los peculiares contornos de la piedra. Las "hachas" -conocidas a veces como "caras planas"- muestran una mayor diversidad en su temática, en la que dominan sin embargo los rostros humanos de perfil. Y las "palmas" que, como lo sugiere su nombre, se van ensanchando a la vez que adelgazando hacia la parte superior, ostentan una decoración rica y variada que incluye a menudo aquellos complejos diseños de "volutas entrelazadas" que, como se ha mencionado anteriormente, constituyen el motivo ornamental más característico del arte de la región. Hacia el final del período clásico, al ocurrir importantes cambios políticos y culturales en Mesoamérica, comienzan a difundirse algunos de estos elementos -como los"yugos", las"hachas"y el motivo de las "volutas entrelazadas"- al paso de las oleadas migratorias que, discurriendo por la zona del golfo de México, llegarán hasta sitios lejanos de América Central atravesando ciertas regiones del área maya. 


Figurilla de arcilla (Colección particular, Barcelona). Procede de Chupicuaro y está fechada entre los siglos 111 y IV a.C. Los rasgos faciales y los adornos se consiguen con una superposición de bolitas de arcilla modeladas (técnica del pastillaje) y la decoración se completa con la policromía en blanco y rojo. 

Fuente: Historia del Arte. Editorial Salvat

Las figurillas sonrientes

La cercanía del área olmeca debe de haber tenido una influencia directa sobre el enorme impulso que tuvo en esta área central veracruzana la producción de estatuillas y figurillas huecas en barro, producción que se remonta hasta los principios del período preclásico y abarca todo el período clásico, o sea un total de más de veinte siglos de evolución ininterrumpida. Esta larga secuencia cultural puede seguirse con bastante claridad en los hallazgos provenientes de un lugar llamado Remojadas, de donde viene el nombre comúnmente empleado por los arqueólogos para determinar las diversas fases de esa evolución.

En la actualidad, Remojadas es también el nombre de una región que se encuentra en el centro del estado mexicano de Veracruz, una zona muy húmeda y cuyo paisaje está dominado por la selva. No se conocen muchos detalles de la organización social de los pueblos de esta región durante el período clásico, aunque los hallazgos de sitios ceremoniales con arquitectura monumental hacen suponer la existencia de líderes que eran capaces de llevar a cabo grandes construcciones sirviéndose de la mano de obra de muchos habitantes. Por otra parte, lo que sí que es evidente es la gran influencia que ejerció sobre los pueblos de Veracruz la cultura de la gran Teotihuacán, de la que Remojadas tomó tanto concepciones estéticas como técnicas artísticas.

Como decíamos, con el nombre de Remojadas se denomina, asimismo, el estilo artístico precolombino que surgió durante el período clásico mesoamericano, y más concretamente entre los siglos IV y IX. Antes de entrar en profundidad a describir las “figurillas sonrientes”, sin lugar a dudas, los objetos más idiosincrásicos del arte de Remojadas, se indicarán las líneas generales que siguió este estilo artístico ciertamente interesante.


⇨ Carita sonriente (Museo Nacional de Antropología, México) También llamada baby face o cara de niño, es una escultura totonaca procedente de la costa del Golfo. Estas figurillas de arcilla representan una excepción en el arte del México precolombino dominado por la idea de la muerte. 



Casi toda la cerámica que se produjo en Remojadas es monocroma, en especial de color negra, y los motivos decorativos más habituales que se pueden encontrar en ella son unos triángulos estriados por líneas paralelas que hacen perfectamente reconocíble la procedencia de las cerámicas. Por otro lado, también han llegado hasta la actualidad un considerable número de recipientes que imitan la forma de animales, así como objetos de cerámica roja pulida, aunque estos son menos abundantes que los de color negro.

Las figurillas de Remojadas se distinguen, desde fechas muy remotas, por la gracia ingenua de sus actitudes y por el empleo (característico de esta región rica en mantos de petróleo) de asfalto o “chapopote” a manera de pintura negra. Estas figurillas, aunque se empezaron a realizar durante mucho antes de que las culturas mesoamericanas entraran en el período clásico, conocieron su época de mayor perfección técnica durante la segunda mitad del período clásico. Asimismo, la evolución que, sobre todo en el apartado de la técnica, se observa en las figurillas de Remojadas tiene mucho que ver con la influencia recibida por parte de la avanzada cultura de Teotihuacán.

Vasija antropomorfa con vertedera (Museo Nacional de Antropología, Ciudad de México). Esta pieza, realizada por alfareros totonacas, pertenece al período final del Preclásico y se caracteriza por ser policroma con agregados de pastillaje. Lo curioso es que presenta unos rasgos que no se corresponden con los caracteres de las etnias indígenas de la costa del Golfo, como la nariz aguileña y la forma craneal. 


Así, al avanzar el período clásico, la técnica de estas estatuillas se perfecciona a tal grado que se llegan a elaborar grandes figurillas huecas de tamaño natural, como las que fueron descubiertas en El Zapotal. Dentro de esta rica gama de figurillas huecas, son abundantes las efigies de divinidades de rostro bien expresivo, ya sea sereno o alegre. Y sobresalen sin duda las llamadas “figurillas sonrientes”, que constituyen además una interesante excepción en medio de un panorama artístico más inclinado hacia las contemplaciones macabras que hacia la alegría desbordante.

Con su aspecto característico -frente ancha y aplanada, brazos abiertos o agitando “sonajas de fertilidad”- estas figurillas sonrientes cautivan por la frescura de la risa espontánea que sacude a sus personajes, ya sean niños muy pequeños o hasta ancianos y aun, más allá de esta vida, esqueletos. Expresión de algún culto a la fertilidad, a la alegría, a la música y a la danza, estas encantadoras efigies de barro se adornan a menudo con motivos zoomorfos -garzas, colas de mono, etc.- o con las “volutas entrelazadas” tan claramente características del arte de esta región. 

Fuente: Historia del Arte. Editorial Salvat.

Mictlan, la ciudad de los muertos



Los zapotecas tuvieron un nuevo centro cultural en Mitla o Mictlan, la nueva ciudad sagrada construida en el fondo del valle de Oaxaca. Mictlan fue un lugar rodeado de mitos y leyendas, pues la misma palabra significa lugar de descanso, de beatitud o de muerte, en definitiva hace referencia al fin bajo los palacios del rey se encontraban cámaras sepulcrales. Estas cámaras presentan tumbas más evolucionas que las del Monte Albán, ganan en espacio y, sobre todo, mantienen un rico trabajo decorativo, relieves geométricos a base de la utilización del mosaico, pequeñas piedras perfectamente encajadas.

Sus ruinas llamaron la atención tanto por ser estructuras de grandes piedras, que ofrecían novedosos sistemas de distribución de espacios, como también por el peculiar estilo decorativo.

De entre todos, el monumento mejor conservado es el conocido como el edificio de las Columnas, por ser el único palacio que tiene estos elementos estructurales. De hecho, la utilización de estas piezas monolíticas es uno de los aspectos que más sorprende del complejo, pues era algo desusado en la arquitectura mexicana antigua.

La peculiar disposición de este recinto concede una importancia primordial a una amplia y alargada antesala que conduce directamente a las salas de la parte posterior, cerradas en torno a un patio. Pero lo más característico son las elegantes columnas, que contribuían a sostener el techo de la antesala. Posiblemente, esta era la habitación del sumo sacerdote, una estancia para ceremonias que él solo podía practicar.

La segunda sorpresa en Mictlan es la decoración de las paredes a base de maravillosos mosaicos. Tanto los muros exteriores como los interiores, incluso en salas cuya iluminación debía ser muy escasa, se decoran con piedras formando composiciones minuciosamente estudiadas. Las piedras de fachada y de las salas principales interiores han sido excavadas para dejar espacios vacíos, donde se han colocado miles de bloques finamente tallados, que ajustan perfectamente y componen más de treinta combinaciones de dibujos geométricos. Son larguísimos paneles que presentan el mismo motivo geométrico pero de variadas formas, tipos de grecas escalonadas, triángulos, meandros, zigzag, etc.

Por su técnica, el revestimiento que cubre la mayor parte de los muros interiores, pasillos, cámaras y patios, son dignos de admiración. Este sistema decorativo es una de las creaciones más originales del arte antiguo, que no existe en ninguna otra parte del mundo y que han dado fama mundial a Mictlan.

Debió costar un trabajo inmenso tallar cerca de un millón de piedras para dichos mosaicos utilizando toscas herramientas; puede afirmarse, no obstante, que el resultado obtenido es digno del esfuerzo que costó. Mictlan representa así la culminación de las nuevas tendencias arquitectónicas, tanto por la característica distribución de sus edificios como por la extraordinaria decoración que exhiben.

Fuente: Historia del Arte. Editorial Salvat.

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