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04 noviembre 2016

La  pintura española a finales del siglo XIX

En España, en la última década del siglo, dentro de una fuerte crisis social y económica provocada en parte por el problema colonial, se producen los primeros intentos para situar el arte español en unas vías de modernidad. El punto de partida para esta renovación plástica era la pintura costumbrista o la de temática histórica, y, sobre todo, el realismo y la pintura de paisaje que representaban las más avanzadas corrientes artísticas.
 
Roca en el estanque de Joaquim Mir
Precisamente la pintura de paisaje a fines del XIX se renovará totalmente gracias a la obra de dos grandes artistas que, cada uno a su manera, ofrecerán una visión muy distinta del paisaje español. Estos fueron: Aureliano de Beruete (1845 -1912) y Joaquín Sorolla (1863-1923). El primero, discípulo de Carlos de Haes, es un pintor que se mueve dentro de los círculos intelectuales, en especial la Institución Libre de Enseñanza, que desde una perspectiva regeneracionista propone una nueva lectura del medio. Su paisaje es sobrio y vigoroso, de tonos moderados. Entre los discípulos de Haes habría que citar también a Agustín Ríancho (1841-1929), cántabro de origen, formado en Madrid y Bruselas, un pintor solitario que sigue una trayectoria muy personal. Sorolla, en cambio, que practica también la pintura de género o el retrato, se convierte en paradigma inexcusable para todos los pintores españoles del fin de siglo. Sorolla, el pintor del plein air mediterráneo, evoluciona, a partir del costumbrismo o el anecdotismo, hacia una pintura llena de luz que nunca será abiertamente impresionista.


La atracción de París

En la década de 1890, los artistas españoles asumirán la evolución plástica europea, y en particular la procedente de París. A partir de las aportaciones del impresionismo, París se ha convertido en el centro de atracción para los artistas, a pesar de que las academias u otros centros de arte oficial continuaban enviando sus alumnos a Roma, que continuaba siendo la capital del " arte oficial".

Tipos valencianos de Joaquín Sorolla
Serán los artistas catalanes y los vascos los que inicien el que será, durante todo el siglo XX, viaje obligado a París. Los pintores Santiago Rusiñol (1861-1930) y Ramón Casas (1866-1932) fueron, en Cataluña, los primeros entusiastas innovadores de la modernidad.

Rusiñol llegó a París a principios de 1889, donde se encontró con Miguel de Utrillo y el escultor Enrie Clarasó (1857-1941). Los tres compartían el mismo taller y forman un grupo de trabajo al que se les une en seguida Ramon Casas.

La renovación que se aprecia en la pintura catalana de esta década -una renovación tanto técnica como temática- se debe al intenso trabajo de Casas y Rusiñol en este período, con una serie de obras de muy similar factura, en las que la huella personal de uno u otro queda muy matizada por el trabajo colectivo. Rusiñol y Casas asimilan las aportaciones de los grandes pintores del momento, la pincelada suelta, el color y la luz que practicaban los impresionistas junto con el gris y el azul de la escuela de París, las insólitas perspectivas de Degas; pero también una nueva temática: el mundo de los bulevares, el suburbio y la vida cotidiana.
Plein Air de Ramón Casas

Para los artistas catalanes de una segunda generación, Isidre Nonell (1873-1911), Ricard Canals (1876-1931) o el malagueño formado en Barcelona, Pablo Picasso (1881-1973), el viaje a Francia fue también una cita imprescindible. El primer artista vasco que inicia el viaje a París es Adolfo Guiard (1860-1916); por su parte, Ignacio Zuloaga (1870-1945), amigo de Rusiñol, llega a París en 1889, pero Italia desempeña también un papel importante en su formación; finalmente, hay que mencionar a los otros artistas que trabajan en la capital de Francia, ya en la primera década del siglo XX: Juan de Echevarría (1875-1931), Francisco Iturrino (1864-1934) y Aurelio de Arteta (1879-1940), que asimilan las corrientes de las primeras vanguardias europeas.

Ver obras de la pintura española de finales del S. XIX

Texto extraído de: Historial del Arte. Editorial Salvat

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