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Segundo período madrileño

Esta evolución se aprecia en los preciosos retratos que ejecuta desde su regreso: El príncipe Baltasar Carlos con un enano (Museo de Bastan); la pareja Don Diego del Corral y Doña Antonia de lpeñarrieta (Prado), en los que empieza a renovar la fórmula envara da del retrato de corte al modo de Pantoja, dándole mayor expresión y finura; los de Felipe IV y su esposa Isabel de Francia (Kunsthistorisches Museum, Viena), y el Pablos de Valladolid (Prado). Pinta también algunos cuadros sacros, como el Cristo crucificado, del convento de San Plácido (hoy en el Prado), concentrando su interés en el estudio de un apolíneo desnudo que se recorta sobre el oscurísimo fondo y pinta los pies sujetos con sendos clavos; lo mismo hace en el pequeño Cristo de las Bemardas (Prado), obrita más ligera, aunque de mayores pretensiones patéticas, que la acercan a Reni, por lo que no todos los estudiosos la reconocen como velazqueña.

⇦ Doña Antonia de lpeñarrieta con su hijo don Luis de Velázquez (Museo del Prado, Madrid). En esta obra el pintor imprime naturalidad y soltura al retrato cortesano tradicional. La dama fue esposa de don Diego del Corral. Su sobria elegancia no está exenta de tenue melancolía. La técnica magistral de Velázquez capta una inefable luz dorada, cuyo origen nadie sería capaz de explicar. 



Algunas dudas caben en relación con el bellísimo Santo Tomás confortado por dos ángeles (catedral de Orihuela), obra muy próxima a las exquisiteces de Alonso Cano. Obra importante es el Cristo después de la flagelación (Galería Nacional, Londres), pesado y hermoso desnudo digno del mejor Guercino.

Pero lo que más interesa en este segundo período madrileño (de 1631 a 1648) son los retratos, la mayor parte de los cuales pueden agruparse en tres estupendas series: cazadores, jinetes y bufones. Los retratos de cazadores tienen una alta significación simbólica, ya que la caza es "viva imagen de la guerra", como escribe el montero Martínez de Espinar, a quien Velázquez retrata, como a su compañero Juan Mateos (Dresde) e incluso a una de sus víctimas, un ciervo (Colección Baiguer, Madrid).

El aspecto cortesano de la caza se acentúa en paisajes con figuras de pequeño tamaño como La tela real (National Gallery, Londres) o La cacería del tabladillo (Prado), atribuida a su alumno Mazo, quien asimiló de tal manera la técnica de su suegro que su intervención en obras del maestro, como la preciosa Vista de Zaragoza (Prado), plantea problemas de difícil solución. Casado con Francisca, única descendiente de Velázquez, Mazo colaboró y vivió con éste incluso tras la muerte de su esposa. Los retratos de cazadores por Velázquez (Felipe IV, el Cardenal-Infante, Baltasar Carlos) combinan, con habilidad extraordinaria, el estudio de la luz y del paisaje natural con el de la figura de taller, dando la ilusión de que todo está hecho al aire libre, cuando todo está pintado en el estudio del artista. Y con la apostura de los reales cazadores se acomoda la de sus perros, retratos caninos que revelan hasta el temperamento de cada animal.

Cristo crucificado de Velázquez (Museo del Prado, Madrid). El artista se concentra, sobre todo, en pintar con detalle naturalista el cuerpo apolíneo de Cristo. Asimismo, el fondo negro da cierta impresión de irrealidad, de que el sufrimiento ya ha pasado.  

Ello hace absurdo criticar los caballos de los retratos ecuestres de Velázquez por sus cuerpos enormes y sus patas finas y cabezas locas, como si fueran defectos del pintor. Frutos de sabios cruzamientos entre razas del Norte y del Sur, esos caballos reunían la solidez de los percherones y la movilidad de las jacas andaluzas.

⇦ El príncipe Baltasar Carlos de Velázquez (Kunsthistorisches Museum, Viena). El traje de gala, negro y plata, la elegancia del porte y la expresión inteligente suman años a este jovencísimo heredero de la corona que debería tener entonces sólo unos once. Parece probado que Felipe IV envió este cuadro a Viena para la prima del príncipe, Mariana, con la que estaba ya prometido y que sería, a la muerte del príncipe, reina de España como segunda esposa de Felipe IV. 



Velázquez suele representarlos en corveta, esto es, con las manos alzadas, cuando retrata a un personaje bélico, rey, príncipe o ministro; y al paso, majestuosos y tranquilos, cuando transportan reinas. Los retratos ecuestres de Felipe IV de su hijo Baltasar Carlos y de Olivares cuentan entre los más bellos del pintor, junto con los de Felipe III y su esposa Margarita de Austria y el de la reina Isabel de Francia, en los que habían intervenido otros artistas y que él retocó y concluyó, no en el sentido de añadir, sino en el de simplificar. Nada más revelador del genio del artista que los fondos sueltos y amplios de esos retratos. En esos retratos, también con aspecto "plenairista", reúne Velázquez lo natural y lo artificial de modo que formen un solo cuerpo: la tercera dimensión, es decir la atmósfera, la profundidad espacial, está lograda como nunca en tomo a estos jinetes.

Príncipe Baltasar Carlos a caballo de Velázquez (Museo del Prado, Madrid). El más grande pintor español del siglo XVII resume en este magnífico retrato su equilibrado realismo, pese al tono cortesano, y su maestría en combinar el paisaje natural y la figura de taller. La obra se fecha en el año 1635, dentro de su segundo período madrileño. 

Los retratos ecuestres de reyes y reinas estaban destinados a la decoración de un salón, luego llamado Salón de Reinos (actual Museo del Ejército), del nuevo Palacio del Buen Retiro, cuyo ornato pudo dirigir Velázquez, haciendo de esa gran pieza un a modo de símbolo de la hegemonía de la dinastía de los Austria. Sus orígenes mitológicos se aludían en los Trabajos de Hércules, encargados a Zurbarán, ya que el semidiós era considerado como vencedor de Gerión y fundador del trono hispánico. Había una serie de grandes cuadros de historia moderna que representaban episodios triunfalistas de las guerras incesantes de la dinastía, en su mayor parte expuestos hoy en el Museo del Prado, ejecutados por Mayno, Carducho, Caxés, Nardí, Jusepe Leonardo, Pereda, Zurbarán y el propio Velázquez, que se encargó de pintar La rendición de Breda, una de sus obras más famosas, apodada Las lanzas por las de los soldados españoles que aparecen ante el fondo, a la derecha, contribuyendo a crear una asombrosa ilusión atmosférica.

⇦ Felipe IV a caballo de Velázquez (Galería Pitti, Florencia). Éste es el único perfil del monarca que pintó el artista. Estuvo destinado, junto con otros retratos ecuestres, al Salón de los Reinos del Palacio del Buen Retiro, cuya decoración dirigió el pintor. La actitud segura, de jinete consumado, proporciona esa sensación de mando que el débil rey nunca tuvo. Obsérvese el penetrante estudio del caballo y la etérea atmósfera, propia de una pintura a plein air. Los "arrepentimientos" de las patas traseras del caballo han dado mucho que pensar y se ha hablado de una anticipación del futurismo del siglo XX. 



Velázquez, que nunca estuvo en los Países Bajos, debió de tomar su paisaje de un grabado, inventando una asombrosa "realidad" de brumas y humaredas, ante las que destacan los diversos términos principales: segundo plano, con los soldados desfilando, ya algo azulados por la distancia, y primero, con la escena de la rendición, el famoso abrazo del vencedor, Spínola, al vencido gobernador de Breda, Justino de Nassau, que intenta arrodillarse al entregar las llaves de la plaza, lo que impide el cortés triunfador.

Isabel de Barbón a caballo de Velázquez (Museo del Prado, Madrid). La primera esposa de Felipe IV tiene todos los atributos que corresponden a la primera dama del reino. Velázquez la pintó entre 1629 y 1635 para decorar el Salón de Reinos, hoy Museo del Ejército de Madrid, junto con el retrato ecuestre del príncipe Baltasar Carlos, el de Felipe IV y el de sus padres, Felipe III y Margarita de Austria. 

Ello corresponde exactamente (como Ángel Valbuena Prat ha señalado) a la escena de una comedia de Calderón titulada "El sitio de Breda", de hacia 1625, que Velázquez sin duda conocía. No es única esta influencia: Angula Iñiguez señaló otras debidas a diversos pintores. El milagro es que Velázquez consiguiera una obra tan aparentemente libre y espontánea como ésta, pero que manifiesta una profunda meditación compositiva y una cuidadosísima realización. Los dos grupos enfrentados de holandeses y españoles son una verdadera colección de retratos (reales o imaginarios) que abarcan desde los capitanes identificables a los valentones y gente de tropa. Iniciado en 1634 y concluido al año siguiente, este cuadro constituye la apoteosis de la pintura de historia y la más palpable demostración del ingenio compositivo e inventivo de un artista a quien muchos comparan con un objetivo fotográfico.

La rendición de Breda de Velázquez (Museo del Prado, Madrid), llamada popularmente Las Lanzas. Velázquez conmemoró el décimo aniversario de las tropas españolas al mando de Ambrosio de Spínola. El ilustre caudillo recibe las llaves de la mano sumisa del gobernador de la plaza, Justino de Nassau. Jamás estuvo Velázquez en los Países Bajos y hubo de basarse en grabados para conseguir ese aire nórdico. 

⇨ El bufón Calabacillas de Velázquez (Museo del Prado, Madrid) Este personaje, así apodado por su escaso discernimiento, fue retratado con técnica suelta, a base de desenfoques casi fotográficos. 



Pero Velázquez es mucho más: lo que sucede es que oculta sus estudios y trabajos preliminares. Como escribía Juan F. de Andrés de Ustarroz, amigo de Velázquez,"el primor consiste en pocas pinceladas, obrar mucho, no porque las cosas no cuesten, sino que se ejecuten con liberalidad, que el estudio parezca acaso no afectación. Este modo galantísimo hace hoy famoso a Diego Velázquez, natural de Sevilla ... " De este ignorado texto, escrito diez años después de pintadas Las lanzas, se deduce, no sólo que la afectación (de haberla) en Velázquez consistía, paradójicamente, en rehuir la afectación, sino que ya en su tiempo los entendidos apreciaban las pinceladas dispersas y la "manera inacabada" de Velázquez como su mayor primor. De esta manera de trabajar dan idea los numerosos pentimenti (arrepentimientos -partes no corregidas, cubiertas de pintura para pintar encima-) que el tiempo va descubriendo en muchas obras suyas.

⇦ El bufón Sebastián de Morra de Velázquez (Museo del Prado, Madrid). Este bufón estuvo al servicio del cardenal infante don Fernando y al del príncipe Baltasar Carlos; su profunda mirada revela un callado sufrimiento.



La tercera serie de pinturas ejecutadas en este tiempo son los retratos de bufones, enanos y hombres de placer; retratar a estos auténticos "funcionarios" del Alcázar no era una extravagancia. Otros pintores anteriores, Moro, Sánchez-Coello, habían pintado retratos de esas "sabandijas de palacio". Pero Velázquez los cubrió de tal modo con el prestigio en sus pinceles, con el respeto tranquilo con que pintaba a los príncipes, que ha hecho de ellos verdaderos monumentos de humanidad, sin corregir para nada sus deformidades. Destacan los cuatro retratos del Prado, de Don Diego de Acedo, el Primo, encargado de la estampilla con la firma del rey, y que Velázquez representó con los útiles de escribanía; de Don Sebastián de Morra, enano del Cardenal-Infante y de Baltasar Carlos, a quien dio una expresión de melancólica hondura; del erróneamente llamado Niño de Vallecas (en realidad era Francisco Lezcano, enano vizcaíno); y de Calabacillas o don Juan Calabazas, falsamente apodado Bobo de Caria, de quien hay otro retrato anterior de cuerpo entero (Cleveland Museum).

Los dos primeros pudo pintarlos Velázquez en la "jornada de Aragón", viaje que hizo Felipe N en 1644 con motivo de la rebelión de Cataluña, durante el cual, como conmemoración de la rendición de Lleida, pintó en Fraga un maravilloso retrato del rey con ricas ropas, banda, sombrero y bengala de general (Colección Frick, Nueva York). Esa sublevación y la de Portugal en 1643 habían producido la desgracia del favorito Olivares, primer protector de Velázquez, sin que se resintiera la posición ni la actividad de éste.

En 1644 murieron la reina Isabel de Francia, modelo de Velázquez, y el suegro de éste, Francisco Pacheco. También murió en Roma el papa Urbano VIII Barberini, gran protector de las artes, aunque poco amigo de españoles (sin embargo, sus sobrinos conocieron y honraron a Velázquez), sucediéndole Inocencia X Pamphili, de quien el pintor había de dejar un admirable retrato. Murió también, en Zaragoza, en 1646, el príncipe Baltasar Carlos, esperanza de la monarquía española. Para asegurar la sucesión, Felipe IV volvió a casarse, esta vez con doña Mariana de Austria, novia de su difunto hijo, que entró triunfalmente en Madrid en 1650.

Fuente: Historia del Arte. Editorial Salvat.

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