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martes, 15 de agosto de 2017

Naturaleza de la obra de arte

Tomemos como ejemplo las siguientes obras de arte: un ánfora ática de figuras negras, del siglo V a.C.; una máscara africana; una fotografía de Tina Modotti; un móvil de Alexander Calder y un grabado de Alberto Durero.

Campesinos leyendo "El Machete" de Tina Modotti. Esta fotógrafa italo-mexicana, comprometida políticamente con el Partido Comunista y las causas justas como la Guerra Civil española, realizó esta foto en 1929, en la que un grupo de trabajadores del campo está leyendo un diario para el que ella trabajaba. 

        Ante estas obras, la pregunta que surge es: qué tienen en común y qué es lo que las caracteriza para que puedan ser calificadas como artísticas.

        Entre las diversas maneras de abordar la naturaleza de la obra de arte, hay que partir de la consideración de que éstas se encuentran determinadas por una forma y un contenido.

        En otras palabras, la obra de arte se puede interpretar, por una parte, mediante los sentidos, y por otra, con la razón o el intelecto, o con ambos, lo que suele ser más habitual. El primero de los elementos constitutivos, la forma, está dirigido a la percepción de las cualidades sensibles de la obra. El segundo, el contenido, se orienta a la comprensión de cuestiones como la temática, el contexto en que la obra fue realizada, etc.

        En cuanto a la forma, el primer aspecto evidente que comparten las obras que acabamos de citar es que se trata de objetos. Por lo tanto, pueden analizarse a partir de sus características físicas: color, técnica, estilo, materiales empleados, etc.

        La interpretación de la obra desde este punto de vista, la forma, es esencial. Pese a que la técnica empleada en la realización de la obra de arte siempre se ha tenido por una cuestión minoritaria, su análisis resulta fundamental, pues no se pueden obtener los mismos resultados con una acuarela que con un óleo.

        De igual manera, el material que se utiliza implica unos condicionamientos técnicos y una estética determinada que singularizan la obra, como se pone de relieve en el uso del ladrillo en Mesopotamia y Roma, y el mármol en la Grecia clásica.

        No obstante, ateniéndose a la consideración de la obra de arte como un objeto, se excluye a gran parte del arte contemporáneo, el arte-no objetual o de proceso. Por ejemplo, al happening o la performance, manifestaciones artísticas que se dan principalmente a partir de la década de 1960 y en las que se desarrolla una acción; al ser ésta efímera, tan sólo se conservan documentos de ella.

        El hecho de suponer que una obra de arte debe concretarse en un objeto también plantea la pregunta de si éste debe ser único e irrepetible para que pueda ser reconocido como artístico. Dicho de otra manera, ¿pierde valor una obra gráfica por haber sido reproducida a partir de un original? ¿Resulta más valioso un óleo de Picasso que una reproducción de la serie La Tauromaquia? Según cierta concepción, es el carácter excepcional de una obra lo que hace que ésta tenga más valor.

 Constelación de Alexander Calder (Museo Hirschhorn, Washington). En 1943, el artista crea esta obra que deja a expensas de que el aire la mueva y vaya creando múltiples formas. Se ha dicho que Calder colonizó el aire, porque éste es parte y artífice de sus creaciones. 

        Frente a este argumento, el arte moderno y contemporáneo suele reivindicar la multiplicidad como una manera de romper con el circuito elitista del arte, es decir, del arte al que sólo puede acceder y poseer una minoría. A la obra única se le opone la obra gráfica, la cerámica, el diseño industrial, la cinematografía, etc. La segunda manera de aproximarse a la obra de arte es a partir del análisis de su contenido. Éste engloba aspectos como la temática, la finalidad de la obra, asociaciones simbólicas e influencias del contexto social y cultural, entre otras.

        La interpretación de la obra según estos parámetros es la que más se adecua a gran parte del arte que se crea actualmente. Así, una obra podría abordarse como expresión de unas ideas o como aquello que presenta una intencionalidad artística, se concrete o no en un objeto, como sucede con el arte del proceso, los happenings, el land art o el body art.

        Una cuestión que suscita el hecho de tratar la obra a partir de su contenido es si éste debe ser básicamente de carácter artístico. Es decir, cuando el artista concibe su trabajo, ¿ha de tener en mente tan sólo aspectos que durante siglos se han relacionado con el arte como la belleza?

 San Eustaquio de Alberto Durero (Gabinete de Dibujos Dahlem, Berlfn). Éste es uno de los mejores grabados del artista, en el que representó a un santo de la Antigüedad al que Cristo se le reveló mientras estaba cazando en el bosque. Durero ambientó la escena en los idílicos bosques de su país, llenos de animales, y coronó la montaña con un espléndido castillo. 
        En la actualidad, este planteamiento resulta totalmente insuficiente, puesto que ya no existe una única manera de entender la belleza ni el arte.

        Por otra parte, es evidente que el artista no puede evitar recibir múltiples influencias ajenas al mundo del arte que quedan plasmadas en su trabajo, desde políticas hasta culturales, y de las que en numerosas ocasiones ni siquiera es consciente.

        En otros casos, el artista tiene claro que con su obra pretende transmitir un mensaje o despertar una conciencia crítica, lo que no siempre se considera legítimo, pues, sostienen algunos críticos, se dejan de lado los aspectos más puramente artísticos.

Bloques de basalto en Friedricshplatz de Joseph Beuys, en Kassel (Hesse). Frente al Fridericianum Museum, el autor hizo esta fotografía en 1982 para su proyecto 7.000 Eichen (7.000 robles).
        Al margen de las cuestiones que se acaban de plantear, el criterio que finalmente se aplica para establecer si una obra puede considerarse artística o no es el de su ejemplaridad. La comparación de unas obras de arte con otras de la misma época o que se han creado en condiciones semejantes pone de relieve las posibles cualidades que hacen de esa obra algo excepcional: sus aportaciones, la novedad que implica, una nueva manera de abordar un tema, entre otros.

        Como puede observarse, la complejidad del arte contemporáneo radica, precisamente, en que los criterios que se emplean para valorar las obras son muy amplios. Se podría decir, en resumidas cuentas, que lo que hoy caracteriza al mundo artístico es la libertad de planteamientos.


Fuente: Texto extraído de Historia del Arte. Editorial Salvat

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