Las
primeras pinturas del Levante español fueron descubiertas en 1903 por Juan
Cabré. Y los últimos estudios las sitúan en el Neolítico. Jordá establece una relación entre el arte levantino y
el final del mundo neolítico, siendo paralelo al fenómeno del megalitismo.
La pintura rupestre levantina se extiende por la zona montañosa cercana al Mediterráneo, desde Huesca y el sur de Cataluña hasta Almería, penetrando igualmente en las provincias actuales de Teruel, Cuenca y Albacete. Se concentra básicamente en Castellón y Valencia, teniendo como marco las covachas y las paredes rocosas al aire libre. Esta es una de las principales particularidades que la distinguen de otras pinturas prehistóricas anteriores a ella. A pesar de encontrarse ciertos caracteres particulares según las zonas, sí cabe hablar de una cierta homogeneidad de estilo entre ellas.
El clima unifica una nueva manera de vivir. La
elevación de la temperatura y el aumento del grado de humedad traerá un ascenso
de la población y, por consiguiente, la necesidad de una nueva manera de
sobrevivir: la agricultura y la ganadería. En este sentido cabe hablar de la
existencia de una divinidad femenina relacionada con la agricultura y con la
caza (Agua Amarga, Cueva de los Caballos).
Cabe destacar el predominio de las escenas sobre
las figuras aisladas que encontrábamos en las pinturas anteriores; se trata, en
su mayor parte, de representaciones humanas combinadas con figuras de animales
de intenso contenido narrativo. El hombre pasa a ser el protagonista.
Los procedimientos técnicos en la pintura levantina
son semejantes a los del Paleolítico: los pigmentos naturales eran triturados y
diluidos con grasas animales y claras de huevo. Seguramente se utilizaban unos
pinceles hechos de plumas de ave para su aplicación. Las figuras eran
realizadas sin preparación en la roca.
Domina la monocromía (rojo -procedente de almagres
y ocres-, negro y, muy raramente, blanco), con tintas planas para contornos y
siluetas. Se rellenaba totalmente de color la silueta de la figura, tanto
humana como animal, aunque también se ha encontrado algún ejemplo en que
únicamente existe el contorno y la parte interna con escasos trazos.
Precisamente, la utilización de la tinta plana refleja una pobreza de medios de
expresión que se atenuó con el gusto por el movimiento que tenían esos pueblos.
La creación de una perspectiva basada en la línea oblicua de fuga, en cuya
dirección se ordenaban las figuras, fue de capital importancia para conseguir
sus objetivos de movimiento.
Un ejemplo de esta aportación se encuentra en la
serie de arqueros en el Charco del Agua Amarga. Otra de las importantes
novedades del arte levantino fue la disposición de las figuras dentro de un
encuadre romboidal dispuesto oblicuamente, como en la escena de caza
representada en la Cueva
Remigia de Ares del Maestre (Castellón). Hábilmente también,
el hombre levantino supo aprovechar magníficamente los salientes o huecos de
una roca, como la Cueva de la Araña de Bicorp (Valencia), creando distintos niveles
de profundidad.
Tanto las figuras antropomorfas como zoomorfas
representadas reflejan el nuevo clima reinante en todo el Levante español. Así,
las vestimentas apuntan a un clima suave y seco. También la fauna representada
es muy significativa de las nuevas condiciones. La cabra fue objeto de caza,
aunque también encontramos algún ejemplo, como en la Cañada de Marco, en que
aparece domesticada junto al rebaño y el pastor. El toro aparece solo o en
rebaños y, posiblemente, domesticado. El ciervo resume perfectamente el nuevo
marco físico protagonizado por las praderas.
Además de esta particular presencia, cabe destacar
cómo el animal es concebido como elemento participante en una escena, tanto
venatoria como religiosa. Igualmente cabe hablar de escenas relacionadas con
cultos zoolátricos o antropomorfos. Uno de los ejemplos más representativos es
el culto al toro, de gran tradición en el Mediterráneo, con escenas de
ofrendas, sacrificios, danza ritual (Dos Aguas) y de tauromaquia (Cogull, La
Casulla, Los Grajos). El animal es igualmente representado en escenas de caza.
El hombre, sin embargo, y como se ha señalado, es
el verdadero protagonista, ya representado como cazador, arquero o jefe de
guerra. Jordá apunta la idea de que en esas escenas se está viviendo un claro
ejemplo de una nueva sociedad agrícola y ganadera, y no tanto de una comunidad
recolectora o cazadora propia del Paleolítico. Así, junto a escenas de
recolección de miel (La Araña) o de aceituna (La Sarga), se han hallado escenas
de un posible arado (Dos Aguas) y de algún rebaño de cabras (Cañada de Marco) o
de toros (Al pera).
Por lo que respecta a la figura humana, cabe dejar
constancia de una posible organización social basada en fuertes estructuras
militares. Así, el varón aparece siempre como guerrero y cazador, mientras que
la mujer se representa en escenas religiosas y agrícolas. Al mismo tiempo, la
presencia de las figuras importantes de la sociedad, de mayor tamaño que las
otras, o más ataviadas, apunta a una sociedad fuertemente jerarquizada.
Uno de los ejemplos más claros viene dado en las
escenas de batallas o cacería, en las que el jefe de guerra o de caza se
distingue del resto de los personajes por su mayor tamaño o por sus adornos.
Otro de los puntos a destacar como novedad es la
vestimenta, que apuntaría tanto a un nuevo clima como a un nuevo gusto: la
vestimenta femenina incorpora una falda más o menos acampanada, que en algunas
ocasiones está decorada por franjas verticales u horizontales. Igualmente se
presta atención a los complementos de decoración, tales como las cintas o
diademas y tocados de pluma.
Fuente:
Texto extraído de Historia del Arte. Editorial Salvat
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