Punto al Arte: ¿Oriente u Occidente?

¿Oriente u Occidente?

A principios del siglo XX, algunos bizantinólogos empezaron a poner en duda que el arte cristiano fuera de origen exclusivamente latino y que evolucionara en Bizancio siguiendo el impulso que había recibido de Roma con los tipos creados en Occidente.

Baptisterio de Sant Miquel d'Egara, en Terrassa. Columnas dispuestas alrededor de la piscina bautismal que evidencian la evolución hacia formas de espíritu occidental.


Pero diversas influencias o coincidencias entre el arte cristiano romano y el de Oriente se fueron observando con tal frecuencia, que se llegó a establecer la teoría inversa, esto es: de Asia y Egipto llegó a Roma una parte de los temas y de los artistas que decoraron las catacumbas y desarrollaron el arte paleocristiano de Occidente, y fue todavía el Oriente el que más tarde formó el gran arte cristiano de la corte imperial de Bizancio.


⇦ La Orante, detalle del llamado Sarcófago de las Orantes (Museo Arqueológico de Tarragona). Delicada imagen en suave relieve sobre mármol blanco finamente veteado de azul pálidc. Obra de fines del siglo IV, quizás importada de Cartago.  



La teoría del origen oriental ha parecido confirmarse con el descubrimiento de una iglesia pintada en la ciudad de Dura Europos, junto al Eufrates, destruida por los persas en 256. Los frescos que decoran su capilla cristiana son anteriores a la mayoría de los de las catacumbas y más de medio siglo anteriores a la paz de la Iglesia. En Dura Europos, encontramos el Buen Pastor y otras escenas de indiscutible carácter evangélico.

La misma confirmación del origen oriental de temas del arte cristiano primitivo se obtiene del examen de manuscritos con miniaturas. El más famoso, el Génesis de la Biblioteca Imperial de Viena, se creía genuinamente romano porque emplea el llamado estilo continuado, sin establecer ninguna interrupción para las diferentes escenas de un mismo episodio, como se encuentra empleado en los relieves de la columna Trajana. Pero bastó que los críticos eslavos se fijaran en la flora y en la fauna para desvanecer cualquier suposición de que aquel manuscrito pudiera ser iluminado en Occidente.

Sarcófago empotrado en la fachada de la catedral de Tarragona. El centro narra en dos tiempos superpuestos la curación del paralítico, primero en la cama y después trasportando el lecho a cuestas; los extremos representan la curación de la hemorroísa y la entrada de Cristo en Jerusalén el Domingo de Ramos.    

Otro códice, custodiado en la catedral de Rossano, en Calabria, actualmente se cree también oriental, porque en algunas de sus escenas están pintadas las cabras de larga cola y largos cuernos que no se encuentran más que en Siria. El haber precisado el origen oriental del evangeliario de Rossano tiene gran importancia porque en él se halla la figura del Cristo con manto, que no se ha encontrado en las catacumbas; en los folios que sirven de portada a cada Evangelio se ven las figuras de los Evangelistas sentados y escribiendo, tal como los representaron después el arte bizantino y el arte carolingio occidental.

Estos manuscritos, el Génesis de Viena y los evangeliarios de Rossano, contienen el texto bíblico en griego, lengua oficial de la Iglesia cristiana tanto en Roma como en Oriente; por esto podían haber cabido dudas acerca de su procedencia. Pero hay, además, una regular cantidad de códices con texto siríaco que poseen notables miniaturas emparentadas con las de aquéllos.

Fragmento del mosaico sepulcral de Optimus (Museo Arqueológico de Tarragona). Tipo de mosaico muy frecuente en el norte de Africa, que aquí produce una obra maestra de arte culto. Un epitafio en bellos hexámetros latinos acompaña al retrato del difunto, vestido con la blanca toga "toracata" y alzando la mano en actitud de bendecir. 

La ilustración de códices tenía que ser una de las más felices maneras de propagar los temas del nuevo arte cristiano oriental hacia el Occidente; pero además se ha comprobado la emigración de asuntos en pintura monumental.

⇨ El Codex Rossanensis (Museo Diocesano, Rossano). Miniatura del siglo VI sobre pergamino morado, que contiene el manuscrito del evangelio de San Mateo y casi todo el de san Marcos. Aquí aparece Jesús discutiendo con los doctores de la ley en el templo de Jerusalén. 



Y si de la pintura se pasa a la escultura se tendrá que hacer las mismas rectificaciones. La figura de Cristo con el nimbo crucifero, que mantendrá toda la Edad Media, aparece por primera vez en una serie de sarcófagos con motivos todavía paganos, ricamente decorados con grandes frisos de acantos espinosos.

Algunos de estos sarcófagos, dentro de arcadas o nichos, llevan figuras alegóricas, como las Musas y los dos Dioscuros, Castor y Pólux; pero en otros hay en el centro la figura de Jesús, todavía imberbe, con el nimbo crucifero mencionado.

⇦ El Codex Purpureus de Rossano (Museo Diocesano, Rossano). Evangeliario siríaco que contiene una riquísima serie iconográfica a través de ilustraciones de fantásticos colores. En esta página, Cristo es presentado ante Caifás, viste el pallium de los filósofos antiguos, lleva barba y tiene un nimbo crucífero. 



Uno de estos sarcófagos está en el Museo de Berlín, otros en Florencia, y aun en la misma Roma; pero otros de la misma fábrica y con los mismos tipos se encuentran en Oriente. El más hermoso, el de Sida-mara, se conserva en el Museo Arqueológico de Estambul. La pregunta, pues, que inmediatamente se plantea es la de si estos sarcófagos pertenecen a Roma y ésta los mandaba a Oriente; o por el contrario son orientales y de allí se enviaban a Roma introduciendo en Occidente por vez primera esta innovación de la cruz en la corona o nimbo de Cristo. La cuestión, sin ninguna duda, se ha resuelto también favorablemente para Oriente: el mármol en que fueron labrados no es italiano, pues son grandes bloques de mármol griego que se empleaba en Siria; su análisis petrográfico no deja lugar a dudas.

Y acaso el objeto más hermoso de marfil del Occidente cristiano, la cátedra del obispo Maximiano en Ravena, famosísima (y con razón), también sea de origen oriental, pues se aviene perfectamente con lo que se ha conocido del arte de Antioquia en el siglo IV.

El papel predominante de las iglesias de Asia y Egipto en la formación del arte cristiano se podía ya haber adivinado por los primeros escritores eclesiásticos. Su actividad teológica obligaba a menudo a celebrar allí los grandes concilios ecuménicos, y en aquellas regiones, tan infiltradas de los gustos griegos por los sucesores de Alejandro, el arte era un elemento natural, indispensable para acompañar todas las manifestaciones del espíritu humano.

Ascensión, en el Evangeliario de Rabula (Biblioteca Laurenziana, Florencia). Escrito en lengua siríaca, fue miniado por el monje de ese nombre, el año 586, en el monasterio de Zagba.    


⇦⇧ Sarcófago de Sidamara (Museo Arqueológico, Estambul). Dos aspectos distintos de esta célebre obra que ha servido a los arqueólogos para dar nombre a la larga serie esculpida en Siria, caracterizada por la importancia que toma en ellos el elemento arquitectónico. La decoración con columnas, entablamentos y frontones somete las figuras humanas a su ordenación del espacio, señalando a cada una su lugar. Este cambio tan importante respecto a la concepción antigua de la libertad de las figuras en el friso prepara el arte medieval, en el que el deseo de la máxima precisión mental convertirá a la escultura en una colaboradora de la arquitectura. Obsérvense también, en oposición a los hermosos cuerpos humanos todavía helenísticos, los capitteles y entablamentos furiosamente perforados por el trépano. El nuevo espíiritu de Oriente recorta con dureza la ornamentación, que así parece dibujada en blando y negro. 

⇦ Cátedra de marfil del obispo Maximianus (Museo Episcopal, Ravena). Los marfiles cristianos de la escuela helenística de Antioquía fueron el vehículo principal que difundió en Occidente el arte siríaco. tste es un mueble único en el mundo, tallado a mediados del siglo VI con una preciosidad y virtuosismo técnico jamás igualados. Los frisos ornamentales de pámpanos y racimos paradisíacos, entre los que se agitan ciervos y pavos reales al estilo típicamente siríaco, parecen envolver el trono en una telaraña de ensueño.  



Antioquía la Bella, entonces la tercera ciudad del mundo, no cedía más que a Roma y Alejandría en cuanto al fasto monumental y a la extensión de sus barrios populosos. Elegante y cristiano a la vez, San Juan Crisóstomo da una idea de lo que era la iglesia de Antioquía en el siglo V: habla con acentos verdaderamente poéticos del amor que allí sentían los fieles; un místico sentido de estética filantropía les llevaba a edificar grandes hospicios para acoger a las viudas y los huérfanos; la Iglesia cabeza de Asia vivía unida en el Señor por la fe, pero además encontraba satisfacción en las ceremonias del culto y en la belleza de los edificios y ornamentos religiosos.

Detalle de la cátedra del obispo Maximianus (Museo Episcopal, Ravena). En el frente figuran el Bautista y los cuatro evangelistas, sometidos al orden arquitectónico que les imponen unas columnas retorcidas, arcos y pechinas casi iguales a los del sarcófago de Sidamara. La cenefa lleva un complicado anagrama que ha sido leído "Maximianus Episcopus".  

Casa de Al-Barah, en Siria. La piedra utilizada en su construcción y las condiciones climáticas del desierto donde se encuentra han permitido que aún queden partes del edificio en pie: el pórtico, la gran sala, el comedor y las dependencias.  

Su catedral, llamada la "de cielo de oro" -la Dorada- acaso porque estaba revestida de mosaicos en que el fondo era de oro, tenía planta poligonal con cúpula en el centro. Situada junto al palacio imperial, en la isla del Orontes, en el centro de la ciudad, fue iniciada por Constantino en 327 y se terminó en 341. Estaba dedicada a la Divina Armonía, el poder que une Universo, Iglesia e Imperio. Era un edificio grandioso sin paralelo en Occidente; más bien, al contrario, sirvió de modelo, ejemplo o inspiración a otras grandes iglesias de la cristiandad, tanto bizantinas como latinas.

El Octógono Dorado de Antioquía se anticipó en doscientos años a las iglesias de los Santos Sergio y Baco, en Constantinopla, y de San Vital, en Ravena, y en decenios a la planta cuadrifoliada de San Lorenzo de Milán. Aun sin darse cuenta de ello, los fieles de Asia debían de producir incesantemente tipos de arte originales, y se acogían al cristianismo con alegría juvenil, más intensa que los romanos, fatigados por las postrimerías de su imperio decadente.

Fuente: Historia del Arte. Editorial Salvat.

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