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Matisse, la reinvención constante

Sin embargo, esta liberación no tendrá como base la apariencia de desorden, de ingenuidad o de ignorancia, ni el rechazo de las disciplinas de escuela. Muy al contrario, los artistas no reclaman aquella libertad hasta que tienen plena conciencia de haber alcanzado los medios necesarios para su oficio. Estos jóvenes pintores son excelentes alumnos y trabajan conscientemente para aprender la técnica, antes de aventurarse en innovaciones. Incluso Matisse, que daría pruebas tan evidentes de independencia, prosiguió durante años su aprendizaje como artesano escrupuloso, frecuentando asiduamente el Musée du Louvre, estudiando a los grandes maestros, copiando sus cuadros, hasta el punto de llegar a exponer en el tradicional Salón de la Société Nationale des Beaux Arts.


En los primeros años de nuestro siglo, su admiración por Cézanne y el ejemplo de los neoimpresionistas le inducen a una actitud menos prudente y provoca un escándalo con su absoluta intransigencia, tanto en el empleo de los colores más brillantes como en el dibujo o la composición. Considera que este género de investigaciones es la finalidad de la pintura, y pone en tela de juicio aquella noción de estricta imitación de la realidad que ha provocado los malentendidos entre el artista y el público.



Retrato de Margarita leyendo de Henri Matisse (Museo de Grenoble). El artista pintó a su hija Margarita como una colegiala. Empleó una técnica sencilla, sin modelar las formas ni detenerse en dibujar sus rasgos. Esta pintura figura . :! entre las cinco que Matisse envió en 1906 al Salón de Otoño; no llamó especialmente la atención porque La joie de vivre, pintada el año anterior, era mucho más violenta y había sentado con mayor claridad las bases del fauvismo.


Este último se apega a una concepción fotográfica de la realidad; Matisse, en cambio, persigue una transposición menos mecánica, más de conformidad con la esencia de las cosas que con sus apariencias. Según su ideario, el color -y esto es uno de los logros más sorprendentes del fauvismo- no debe concordar obligatoriamente con los tonos reales del objeto, sino que debe utilizarse como valor propio, relacionado con los demás colores y con el lugar que ocupa en el espacio.



De este modo, en el retrato o en un paisaje desempeña el papel de dibujo para conseguir la perspectiva, o el de sombra para modelar un volumen. Esta supresión de sombras y su sustitución por colores puros proporciona a las pinturas un brillo que jamás se había conseguido y que influirá decisivamente, en esta misma época, en el arte de Derain y de Vlaminck.



La danza de Henri Matisse (Museo del Ermitage, San Petersburgo). En este cuadro, el autor se ratifica como integrante del fauvismo al realizar una composición sencilla cuyo movimiento sobrepasa los límites del marco, al utilizar al límite el contraste de colores sin matices y al conseguir un movimiento circular continuo.

Pero, en éstos, la pincelada continúa dividida, sin duda como recuerdo de la técnica del impresionismo, del divisionismo o de Van Gogh, técnica que da como resultado una superficie de vibrante luminosidad, mientras que Matisse emplea el color en amplias zonas, mostrándose con ello más cercano al cloisonismo de Gauguin.

En consecuencia, Matisse raras veces empleará el puntillismo, y en cambio pronto se verá arrastrado por otras tentaciones. Efectivamente, en 1907, Picasso, con Las Señoritas de Aviñón provoca una auténtica revolución al orientar sus investigaciones hacia nuevas estructuras de la forma y dando a ésta prioridad en relación con el color. Los fauves no podían permanecer indiferentes ante esta nueva apertura. La mayoría de ellos se vio influida por esta concepción, y Matisse agrega a su brillante colorido una nueva organización del espacio, una austera geometría más rígida. Él, que había proclamado que el dibujo no depende únicamente de la realidad que delimita, sino también de lo que el artista pretende hacerle expresar y del lugar que cada forma ocupa en el conjunto de la composición, e incluso de los límites v dimensiones del lienzo, añade ahora la disciplina de una composición más firme, rigurosa y arquitectónica.

⇦ Gran interior en ro¡o de Henri Matisse (Museo Nacional de Arte Moderno, París). Pintado en 1948, hallamos en este cuadro los tres elementos fundamentales: el arabesco, el ritmo y el color. Además demuestra una gran libertad en el tratamiento del color y de la composición.


Esta disciplina se combinará más tarde con la sorprendente habilidad de Matisse para distribuir el color en el espacio, de forma que éste quede sugerido sin que intervengan las deformaciones de la perspectiva. Antes de alcanzar este dominio del color, pasará por fases de adaptación más flexible y tomará apariencias casi amables, especialmente en la serie de interiores en Niza, en los que, bañadas con una luminosidad suavizada y uniforme, las ventanas se abren al silencio, y en las serenas odaliscas de un exotismo de antagonismos bien calculados, en las que pone de relieve el mosaico de telas, carnes y paredes, todo ello según calculados contrastes.

La consecuencia de este perfecto oficio, y hasta el fin de la vida de este artista, será un arte aparentemente muy apacible, pero de una inteligencia y un virtuosismo sin par que yuxtaponen los objetos, relacionándolos entre sí, en una atmósfera líquida e inmóvil, con una luminosidad sin sombras, sin degradaciones, creando un estado de plenitud y serenidad que oculta el esfuerzo realizado y abre paso a la alegría de la meditación sin inquietudes, pero sin caer en facilidad, insipidez o negligencia.

La Música de Henri Matisse (Albright Art Gallery, Buffalo). Es la obra más importante que pintó en 1939. En su origen, la figura de la izquierda era un desnudo más bien anguloso y algo envarado que ofrecía un contraste plástico con la mujer que sostiene la guitarra, concebida a modo de composición sinuosa y continua. El tema de la música ya había sido tratado por Matisse en 1909 en una de sus más famosas obras: la decoración mural, semeJante a La danza, que el coleccionista Shchukin adquirió para su mansión de Moscú.


L'Algerienne de Henri Matisse (Museo Nacional de Arte Moderno, París). Obra realizada en 1909, aquí el artista, en vez de buscar las gradaciones de color, la iluminación o el juego de luz y sombras como en la pintura tradicional, unifica grandes zonas de color puro y trata de hallar, mediante las relaoones que se establecen entre ellas, un nuevo lenguaje pictórico. Matisse fue varias veces a África (Marruecos, Argelia) sin duda para percibir directamente la violencia de los contrastes cromáticos, producidos por la fuerte luz de un sol meridional que no permite matices ni veladuras de ninguna clase.

Matisse se sitúa en la cumbre del arte francés del siglo XX, ofreciendo simultáneamente un ejemplo de orden e imaginación, de disciplina y libertad. Sus sucesivas provocaciones son los descubrimientos continuados de un nuevo clasicismo francés v cuando proclama su esperanza de crear un arte lleno de calma que sea un descanso para el hombre fatigado por una jornada de trabajo, no hace ni una "boutade" ni una concesión al fácil bienestar, sino que –al contrario- expresa una severa voluntad de situarse en la cumbre de la serenidad.

Los textos de Matisse y sus confidencias muestran las tensiones de su espíritu y el dominio del mismo sobre la obra. Sin embargo, ésta no refleja inquietud alguna; se sitúa más allá de las complejidades morbosas y tiene la elegancia de la perfección puesta al servicio del mejor clasicismo. En una época de búsquedas y también de incertidumbres, aporta el ejemplo de una completa realización con todas sus certezas.

Interior en Niza Henri Matisse (Colección privada). En este interior el artista introduce la figura de una joven acodada en la ventana, de ahí que también se conozca esta obra como Joven con vestido verde. Una vez más Matisse prescinde de los convencionalismos y en 1921 pinta este cuadro dando al color el protagonismo, sin hacer caso del color real de los objetos.

Así Matisse aparece como un gran revolucionario, pero no como un rebelde, puesto que su aparente facilidad es la respuesta a los problemas que se ha planteado a sí mismo. Entre los grandes arabescos que ritman las composiciones de Alegría de vivir (1907-1908) o los de la gran composición de la Fundación Bames sobre el tema de La Danza (1932-1933) y los papeles recortados del fin de su vida, hay una indiscutible unidad que no tiene nada que ver con un estancamiento. Igualmente, entre las escenas de interiores de Niza (hacia 1919) y los dibujos realizados sobre los muros de la capilla de Saint Paul de Vence (hacia 1950) hay la misma atmósfera de meditación silenciosa. Sin embargo, pese a sus constantes, el arte de Matisse es una incesante reinvención para llegar a lo más profundo de sí mismo, y por ello es, hasta la última obra del artista, de una agudeza casi mágica.


Fuente: Historia del Arte. Editorial Salvat.

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