Los derechos de Francia a
intervenir en los asuntos de Italia derivaban aún de la investidura del reino
de Nápoles que dio el Papa en el siglo XII a Carlos de Anjou, hermano de San
Luis. La rama napolitana de la casa de Anjou había reinado en Nápoles hasta
mediados del siglo XV, en que el astuto rey de Aragón, Alfonso V el Magnánimo,
había tratado de justificar la usurpación y conquista del suelo napolitano
haciéndose declarar hijo adoptivo y heredero de la famosa reina Juana, último
representante, completamente incapaz, de la dinastía angevina de Nápoles.
El abuso y el atropello que para
la casa de Francia representaba la conquista de Nápoles por Alfonso V movieron
a Carlos VIII y a Luis XII a acudir a Italia para recobrar aquel reino, y
además, el último, para hacer valer sus derechos sobre el ducado de Milán, que
derivaban de la herencia de Valentina Visconti, madre de Luis XII.
Los dos primeros Valois,
Francisco I y Enrique II, repitieron las expediciones a Italia con suerte
variable en los hechos de armas, pero con grandes resultados para la cultura y
el arte. Ya Carlos VIII en 1495, durante su primera incursión, había despachado
a Francia, por mar, un grupo de artistas en número de veintidós, “para
construir y trabajar a las órdenes del rey, según
la moda de Italia”. Se les instaló en el castillo de Amboise,
proponiéndoles su reedificación. La colonia italiana de Amboise tenía por
figura principal a un tal fray Giocondo de Verona, arquitecto de mérito, que
había trabajado en Nápoles al servicio del rey aragonés y que Carlos VIII
contrató para que fuera a Francia con el sueldo de 562 libras anuales. Los
demás, a excepción de Doménico de Cortona, también arquitecto, parece que eran
escultores y decoradores, y alguno de ellos excelentes, como el escultor de
Módena Guido Mazzoni, a quien Carlos VIII hizo caballero y le asignó un sueldo
todavía mayor que el de fray Giocondo.
No puede comprenderse que un arquitecto como fray Giocondo, de edad madura, y que antes había editado por primera vez el Vitruvio, construido un monumento de puro carácter clásico, como la Logia de Verona, y que aún, a su regreso en Italia, se asoció a Juliano de Sangallo para la prosecución de las obras de la basílica de San Pedro de Roma, pudiera llegar a prestar su colaboración activa en edificios como el castillo de Gaillon, edificado entre 1502 y 1510, en Normandía, para el cardenal obispo de Rúan, ministro de Luis XII, morada suntuosísima, pero de características casi góticas.
El castillo de Amboise, lo mismo
que el de Gaillon, del que sólo quedan restos, y la nueva ala construida por
Luis XII en su castillo de Blois, tienen casi nada de carácter clásico en sus
formas generales; son aún de gótico francés, combinado tan sólo con cierto
orden que hace presentir el Renacimiento, pero decorados con escultura de gusto
italiano. Por ejemplo, se supone que la estatua moderna a caballo de Luis XII,
que adorna la entrada principal de su castillo de Blois, debió sustituir a otra
estatua ecuestre labrada por el ya citado Guido Mazzoni, y en los frisos y
relieves de Gaillon hay medallones al antico, evidentemente obra de los
italianos.
Interior del Gran Salón o "Salle des Etats" del castillo de Amboise. Construido en 1 517, al principio del reinado de Francisco 1, con un estilo suntuoso, muy diferente de otras partes del castillo. En el fueron ejecutados los conspiradores de la corona en 1560 y luego fueron colgados sobre la reja del balcón.
Acaso las diferentes prácticas de
construcción y el clima de la Francia Central, que exigía tejados altos con
lucernas, cohibieran a los italianos de la “colonia” de Amboise, por lo que,
aceptando el arte francés en sus líneas generales, crearon un arte híbrido, más
asimilable para los constructores nacionales que el puro arte italiano de
finales del siglo XV. Por lo menos esto ocurre con Doménico de Cortona, quien
permaneció en Francia mucho más tiempo que fray Giocondo.
No cabe duda que Doménico de
Cortona, después de la partida de fray Giocondo, que hubo de regresar a Roma
llamado por el Papa, quedó en Blois, donde residía la corte, como intendente
general de los trabajos que se efectuaban en los edificios reales, dirección
que conservó quizá durante los primeros años del reinado de Francisco I. El ala
del tiempo de Francisco I, en el castillo de Blois, construida entre 1515 y
1525, se proyecta perpendicularmente a la de Luis XII, en la que intervino fray
Giocondo de Verona entre 1499 y 1501, y su simple comparación deja ver como el
estilo se ha ido caracterizando en sólo una docena de años. En la fachada del
patio del tiempo de Francisco I ya no hay ventanas góticas, y el edificio
remata con un camino de ronda, sostenido por una singular cornisa de cartelas
semi clásicas. Tiene aún los altos tejados con las lucernas tradicionales y las
chimeneas, y, sobre todo, la gran escalera monumental que se proyecta fuera de
la fachada, tan característica de los castillos franceses (parece ser que el
viejo Louvre ya tenía una escalera de este tipo en el siglo XIV, y todavía hoy
se conserva la del palacio de Jacques Coeur, en Bourges, del siglo XV) y tan
poco clásica, rompiendo todas las líneas con sus rampas inclinadas.
En la fachada que da al exterior,
el contraste entre los dos castillos resulta mucho más evidente: los
arquitectos italianos o italianizados que construyeron el ala de Francisco I,
en el castillo de Blois, entre los que al parecer jugó un papel importante el
maestro de obras Jacques Sourdeau, deseaban aprovechar seguramente la situación
del edificio sobre los altos bastiones medievales para hacer una fachada
abierta, con galerías o logias. El resultado fue muy distinto de lo que podía
esperarse: las galerías son realmente series de balcones cubiertos, unos sobre
otros, que dejan la fachada dividida en una serie de cuerpos verticales, como
contrafuertes, entre los cuales el espacio intermedio se aprovecha para estos
miradores. Se encuentra aplicada esta misma solución en el llamado de Madrid,
en Boulogne, y en el de Saint-Germain, cerca de París.
Pero la decoración del ala del
castillo de Blois construida por Francisco I es ya típica del Renacimiento, un
renacimiento extraño que no puede llamarse toscano, pero que recuerda algo de
los órdenes antiguos; que no puede llamarse milanés, aunque recuerda la
profusión ornamental de la cartuja de Pavía; un renacimiento especial, francés
áulico, de Francisco I; su inicial con la corona y con el emblema suyo de la
salamandra forma frisos y medallones y decora las barandas.
Francisco I, terminada la reforma
de Blois, empezó la construcción del castillo de Chambord, que es la verdadera
obra característica de su reinado. No se sabe gran cosa de sus arquitectos.
Para unos, su dirección debe atribuirse a Doménico de Cortona, cuyo nombre
figura aún en las cuentas; para otros, los directores son ya Pierre Trinqueaux,
que desde el año 1519 trabajaba en él, Denis Sourdeau y Pierre Nepveu; pero
sólo con aquel rey y aquella corte podía haberse concebido un edificio tan
singular. Las sombras de Francisco I, de su favorita la duquesa de Etampes y de
su hermana Margarita de Navarra, viven todavía en las estancias de Chambord.
Nadie más que Francisco I podía
haber propuesto aquel sitio para residencia real y haber aceptado aquel plan,
sea quien fuere el que lo proyectara. Las aficiones de Francisco I eran la caza
y las grandes fiestas. Así se explica que el nuevo castillo se asentara en un
claro de la selva pantanosa de Sologne y que, en su planta, se supeditara todo
a la gran escalera central, con su doble rampa, por la que podía descender toda
la corte en dos comitivas independientes. Es el mismo tema de la escalera de
Blois, sólo que aquí está en el centro del palacio y remata al exterior con una
linterna fantástica entre multitud de lucernas y chimeneas.
La visión lejana, desde el
bosque, de estas mil lucernas de los tejados de Chambord parece el sueño de un
edificio pantagruélico; la gran mole del castillo desaparece entre los árboles
y no se ven más que las chimeneas y remates sobresaliendo de la línea
horizontal del tejado, ya en forma de azotea, como en Italia. La decoración es
más avanzada de estilo que la parte del castillo de Blois construida por
Francisco I: las pilastras son clásicas, los adornos y las molduras
irreprochables, con curiosas combinaciones de la piedra blanca natural y una
caliza negra que llena los cuadros. La inicial de Francisco I aparece por todas
partes, con una corona. Allí el rey caballero pasó sus últimos años y murió. El
castillo de Chambord representa realmente una época. Es un episodio
arquitectónico que se comprende mejor si se lee a Rabelais o a Margarita de
Navarra.
Escalera doble, en el centro de la Torre del Homenaje, y de la que Leonardo da Vinci tiene atribuida la autoría. En lo alto, la gran linterna corona la magnífica escalera central del castillo de Chambord.
El estilo de la arquitectura de
los palacios reales fue aceptado con limitaciones por Francia. Chambord quedó
único, nadie se atrevió a seguir aquel camino; pero las combinaciones más
lógicas de Amboise y Blois fueron imitadas con entusiasmo primero en las
orillas del Loira, que era el país de moda de aquel tiempo, y después en París,
donde Doménico de Cortona proyectó el antiguo Hotel de Ville; en Caen, en
Toulouse, en la vecina Orleáns…
El castillo de Chenonceaux, en
una isleta del río Cher, también en la cuenca del Loira, es otro de esos
emplazamientos singulares que preferían las gentes del tiempo de Francisco I.
El magnífico palacio se construyó en 1520 para el ministro Tomás Bohier, y
sustituyó a un viejo molino que se levantaba sobre unos muros medievales de
piedra. Con el tiempo fue propiedad de Diana de Poitiers y, después, de
Catalina de Médicis. Philibert Delorme construyó en Chenonceaux, a mediados del
siglo XVI, para Diana de Poitiers, el ala sobre un puente que atraviesa el río,
y Catalina de Médicis, más tarde, se propuso añadirle una plaza rodeada de
pórticos y jardines en la otra ribera del Cher, formando todo un conjunto
monumental. Este último proyecto no llegó a realizarse.
Castillo de Chenonceaux, sobre el Cher, es uno de los más bellos palacios del Renacimiento francés. La parte erizada de flechas y remates fue construida en 1520, mientras que el ala sobre el puente fue realizada a mediados del siglo XVI para Diana de Poitiers por el arquitecto Philibert Delorme.
El castillo de Azay-le-Rideau,
construido entre 1518 y 1524 por Gilíes Berthelot, consejero de Francisco I, se
halla también en una isla del Loira. Su planta tiene la forma de una L, con
torres circulares en los ángulos y un camino de ronda en lo alto, sobre el cual
descansa el tejado en gran pendiente con lucernas elegantísimas. Los detalles
de ornamentación son del gusto más refinado. Es famosa la escalera, con su
bóveda decorada con medallones y claves colgantes en medio de los arcos que
atraviesan el tramo a distancias iguales.
Aunque Francisco I pasaba la
mayor parte de su tiempo en las orillas del Loira, sentiría la necesidad de
aproximarse a su capital, y por esto mandó construir castillos cerca de París,
que fueron también, naturalmente, grandes apeaderos de caza.
El primero era el castillo
llamado de Madrid, en el Bois de Boulogne, construido inmediatamente después
del regreso de su cautiverio y hoy desaparecido, pero del que quedan dibujos,
publicados a fines del siglo XVI por Du Cerceau en su obra Les plus excellents bátiments de France, y una descripción bastante
detallada de Tevelyn, publicada en 1650. El château
de Madrid tenía un plan muy regular,
de una simetría en la planta que debía de hacerlo bastante incómodo, todo él
dividido en salas cuadradas y antecámaras. En el exterior, con poca diferencia,
aparecían las mismas galerías que en el castillo de Blois, pero acá so algo más
italianizadas, según se comprende por los dibujos. Después, siempre cerca de
París, construyó Francisco I su castillo de Saint-Germain-en-Laye en la selva
de este nombre y el de Fontainebleau, que dejó sin concluir y se encargaron de
engrandecer sus sucesores.
Castillo de Azay-le-Rideau, construido en una isla del Loira y durante el reinado de Francisco I, en 1518-1529, sigue conservando algún referente gótico: sus lumbreras y sus altas techumbres. Aunque las aportaciones renacentistas ya son claras. La gran escalera de tramos rectos rompe la tradición medieval de hacerlas circulares o poligonales y situadas en las torres.
El castillo de
Saint-Germain-en-Laye, que se ha conservado hasta hoy y sirve de museo, ocupa
el lugar de una antigua fortaleza medieval que dominaba el curso del Sena. Las fachadas,
tanto las del exterior como las del patio poligonal, tienen la misma
subdivisión que la fachada exterior del castillo de Blois, con pilastras unas
sobre otras (formando contrafuertes), y con terrazas como balcones, a manera de
logias, alrededor de todo el edificio.
El castillo de Saint-Germain
parece que fue obra de un maestro francés, llamado Pierre Chambiges, que
trabajó en Fontainebleau y que había estado a las órdenes de Doménico de
Cortona cuando éste construía el Hotel de Ville de París. Por esta época se
efectuaron también obras en el castillo de Chantilly, comenzando a fines del
siglo XV por los Montmorency. Su capilla, aún del estilo de transición, fue
englobada después por dos alas en el estilo del renacimiento francés, dibujadas
ya por el arquitecto Jean Bullant en el año 1542.
Castillo de Saint-Germain-en-Laye, hoy museo, cerca de París. Su construcción, iniciada en 1539 por Pierre Chambiges, sobre las ruinas de una fortaleza feudal, fue residencia de numerosos reyes de Francia. Su aspecto es algo frío, de planta poligonal y con terrazas que sustituyen a los pintorescos tejados del Loira. Aunque profundamente restaurado en el siglo XIX, se percibe en este soberbio edificio la moda que encaminó el arte francés hacia una arquitectura más clásica.
Castillo de Chantilly. Levantado en el centro de un inmenso bosque, en medio de las aguas, se alza sobre un castillo medieval del siglo XII, reconstruido en los siglos XV y XVI en estilo del Renacimiento, según planos de P. Chambiges. En el siglo XVII se diseñó su ampliación por encargo del príncipe de Candé. Actualmente alberga el Museo Candé, con importantes pinturas y códices.
Pero simultáneamente con los
castillos de Madrid y Saint-Germain, tan característicamente franceses,
comenzaba en 1528 a edificarse Fontainebleau, donde Francisco I instaló una
nueva colonia de italianos, que más tarde intervinieron en las obras de su
sucesor y dieron nuevo impulso a la Renaissance
francesa. De la colonia de artistas italianos de Fontainebleau tenemos más
datos que de los de la primera colonia de Amboise. Además de estucadores y
pintores al fresco, había arquitectos ilustres, como Serlio, el tratadista de
arquitectura y comentador de Vitruvio; un gran escultor, Benvenuto Cellini; pintores de mérito, como el Primaticcio (que también trabajaba como arquitecto; a él se debe la puerta del Patio del Caballo
Blanco, que realizó a partir de 1561) y el discípulo de Miguel
Ángel, llamado Rosso, que,
asociado al Primaticcio, decoró la gran galería de Francisco I en Fontainebleau
entre 1531 y 1539. Todos tenían pingües sueldos y además les habían asignado
canonjías y rentas. Por ejemplo, el Primaticcio cobraba 600 libras al año y
además gozaba el beneficio de abad de San Martín. De sus pendencias, querellas
y moralidad informa asimismo, con detalles vivísimos, el libro autobiográfico
del propio Cellini, uno de los italianos de Fontainebleau.
Castillo de Fontainebleau, iniciado en 1 528 por Francisco l. Un cuarto de siglo más tarde, el pintor y arquitecto Primaticcio realizó la parte central de esta fachada que mira al Patio del Caballo Blanco. La escalera a doble rampa, que combina las líneas rectas con las cóncavas y las convexas, es ya una obra discretamente barroca, realizada por Du Cerceau en 1634.
Estos fueron los que construyeron
los edificios reales más lujosos y visibles, residencias famosas, cuyos nombres
evocan por sí solos toda una época; pero en las ciudades de provincias los
ricos burgueses seguían con sincero entusiasmo el impulso que daba la corona. En
Francia, las primeras manifestaciones del Renacimiento, en las construcciones
privadas, pueden hacerse comenzar por una casa de Orleans, llamada de Agnés
Sorel, que tiene ya en las lucernas, pilastras con relieves de estilo clásico.
En Blois, una casa construida en 1512 por Florimont de Robert, ministro de Luis
XII, tiene en el patio dos pisos de órdenes clásicos y en un antepecho hay
medallones de cerámicas italianas. En Toulouse, el palacio Bernuy tiene un
patio del gusto de la época de Francisco I.
Fachada del Hotel de Ville, en Orleans. Una de las primeras manifestaciones del Renacimiento en las construcciones privadas, consecuencia del entusiasmo que despertó en las ciudades de provincias y en los ricos burgueses esta nueva manifestación artística.
Como obras públicas de carácter
general de esta primera época del Renacimiento en Francia hay que citar el
puente de Notre-Dame, en París, construido por el viejo fray Giocondo; el Hotel
de Ville de París, por Doménico de Cortona; otro Hotel de Ville de Rúan; el
Capitolio de Toulouse, etc. Sin embargo, toda la atención de los reyes está
concentrada en sus residencias personales. Ya se comprende, por lo tanto, que
por más que los Valois fuesen católicos y vivieran en pugna con el
protestantismo, que se infiltraba perezosamente en Francia, no debía de ser
ésta una época de grandes construcciones religiosas. Pocas iglesias se
construyen; a lo más se decoran ciertas capillas con nuevas bóvedas y
monumentos funerarios, o se reconstruyen fachadas, dotándolas de puertas
adecuadas al estilo nuevo, pero el armazón de la iglesia queda siempre gótico;
no hay manera de hacer cambiar en un solo siglo a los constructores franceses,
familiarizados tan profundamente con las bóvedas por arista. El ejemplo más
notable de iglesia del tiempo de Francisco I es la de Saint-Eustache, de París,
que tal vez fue proyectada por el propio Doménico de Cortona en 1532, quien por
esta época ya haría más de treinta y seis años que estaba en Francia. Parece,
sin embargo, haber tenido un colaborador o continuador francés, llamado Pierre
Lemercier. Saint-Eustache, de París, tiene cinco naves. En dimensiones es igual
a cualquiera de las más grandes catedrales góticas, y las supera, si no en
gusto, en abundancia y riqueza de decoración; por todas partes, tanto en el
interior como en el exterior, suben pilastras decoradas, que se superponen del
modo más gracioso. Las bóvedas son góticas, y, por fuera, los contrafuertes se
disfrazan con vestiduras clásicas, pero el conjunto es aún muy análogo al de
las grandes catedrales. Otro ejemplo notable de aplicación de la decoración
renacentista a un edificio estructuralmente concebido todavía al modo gótico es
Saint-Michel de Dijon. Su fachada, construida en 1535-1550, pese a la
superposición de pilastras y columnas clásicas, obedece a la estructura
medieval encuadrada entre dos torres y tiene aún tres profundos portales
oscuros como las grandes catedrales góticas.
Iglesia de Saint-Eustache, en París. Este templo, el ejemplo más notable de iglesia del tiempo de Francisco 1, parece que fue proyectado por Doménico de Cortona en 1532 y continuado por el arquitecto francés Pierre Lemercier, terminándose bien avanzado el siglo XVII. Situado en el centro de París, ofrece una atractiva combinación entre el gótico y el clasicismo.
El sucesor de Francisco I se
iguala a su padre en una sola cosa, en la maladie
de bâtir de los Valois; hasta los dos últimos padecieron aquella manía de
construir que fue para ellos como una enfermedad. El reinado de Enrique II, que
duró doce años, desde 1547 a 1559, no fue tan largo como el de Francisco I,
pero le dio tiempo de empezar construcciones importantes que se encargó de
concluir su viuda, la famosa Catalina de Médicis. Sin embargo, la reina tuvo un
papel muy secundario en vida de Enrique II; el monarca estuvo sujeto hasta su
muerte a Diana de Poitiers, con la cual compartió positivamente el trono. Diana
y Enrique se propusieron, por de pronto, la reconstrucción del Louvre, que era
absolutamente necesaria.
Fachada del Hotel de Ville, en París. Obra pública de carácter general en esta primera época del Renacimiento en Francia. Ha sido el punto neurálgico de las insurrecciones parisinas, alberga hoy en día las dependencias del Ayuntamiento de París.
Mientras en las orillas del Loira
la corona tenía aquellos magníficos castillos, edificados a la nueva “manera”,
y en los bosques que rodeaban a la capital poseían grandes palacios, como los
de Madrid y de Saint-Germain, en el interior de París el viejo Louvre era aún,
con poca diferencia, un donjon de
piedra negra, tal como lo habían dejado Felipe Augusto y sus sucesores. Enrique
II y Diana de Poitiers encargaron la continuación del nuevo Louvre al maestro
ya señalado por Francisco I, Pierre Lescot, consejero en el Parlamento y
posesor de un regular patrimonio, para quien el arte, si no era cosa natural,
llegó a serlo por el estudio. Fierre Lescot es, sobre todo, arquitecto y hasta
podría decirse que tan sólo él es el arquitecto del Louvre, donde empezó a
trabajar en 1546. Toda su vida parece haber estado absorbida por esta obra,
edificio admirable, con una personalidad plástica poderosísima, pero en el que
no se ve el arte fácil de un genio espontáneo, la ligereza de producción de un
artista de fecundas inspiraciones. El Louvre impresiona por su gran masa, pero
más aún por su noble aspecto. Nada del bullicio pantagruélico de Chambord, con
su danza de lucernas en los tejados; las ventanas del Louvre se suceden entre
pilastras, alternándose, concienzudamente dibujadas. Los detalles de la cornisa,
los medallones y los relieves de las lucernas son a veces, si se quiere, de
dudosa inspiración, pero siempre trazados con mano fina que no descuida nada en
los contornos. Lescot tuvo a su lado, en la obra del Louvre, al escultor Jean Goujon, de quien será necesario hablar más adelante, al tratar de la escultura
de esta época. Goujon fue propuesto acaso por Diana de Poitiers, pero se aviene
perfectamente con Lescot, que es el que aparece siempre dominando en la obra.
Enrique II y Diana de Poitiers conocieron su singular valía y le colmaron de
beneficios; su salario, sin contar algunos otros emolumentos, ascendía a 1.200
libras anuales.
La iglesia de SaintMichel, en Dijon, construida entre 1535 y 1550, es otro ejemplo notable de un edificio con reminiscencias góticas, como lo pone de relieve su fachada con columnas y pilastras superpuestas que sigue el modelo medieval encuadrado entre dos torres.
A la muerte de Lescot, en 1578,
sólo una pequeña parte del Louvre estaba terminada: dos alas del primitivo
proyecto para formar un patio cuadrado.
Las otras fueron concluyéndose,
siguiendo su estilo, después de su muerte, y aun al prolongar el palacio con
unas alas exteriores, para reunirlo con las Tullerías, el espíritu de Lescot
dominaba sobre el de sus sucesores; podían éstos cambiar las formas de la
arquitectura y la decoración, pero planeaban como Lescot, con aquellas mismas
disposiciones de cuerpos salientes, con remates monumentales enlazados por alas
de fina composición.
Vista nocturna del palacio del Louvre, en París. Pierre Lescot, el arquitecto del Louvre, comenzó a trabajar en él en 1546. Toda su vida fue absorbida por esta obra, y a su muerte, en 1578, tan sólo una pequeña parte del palacio estaba terminada. Fue residencia de los reyes de Francia hasta 1682. Es uno de los mayores palacios del mundo. Impresiona su notable aspecto y su rotundo poder plástico.
Fachada occidental de la Cour Carrée del Louvre, obra de Pierre Lescot en colaboración con el escultor Jean Goujon. La reconstrucción y ampliación del palacio del Louvre, promovida por Enrique II y Diana de Poitiers, es sin duda la más considerable y significativa de las empresas arquitectónicas de la segunda mitad del siglo XVI. Esta fachada, concebida como una perfecta unión de arquitectura y escultura, es famosa por su elegancia y por el movimiento que le imprimen los nichos con estatuas, las pilastras, los frisos y las cornisas.
Puerta de entrada al castillo de Anet, construida por Philibert Delorme en 1548 para Diana de Poitiers. Está coronada por animales de bronce, representantes simbólicos de Diana: diosa romana de la caza y protectora de la naturaleza.
Interior de la cúpula de la capilla del castillo de Anet. Esta capilla de planta central proyectada por Delorme, aparece coronada por una gran cúpula. Los tratados teórico-prácticos de Philibert Delorme, autor en una primera época del Palacio de las Tullerías, fueron también aplicados en épocas posteriores.
Mientras Enrique II y su favorita
Diana de Poitiers aplicaban profusamente, en la decoración del Louvre, sus
iniciales entrelazadas, la reina Catalina de Médicis, cerca de allí, iniciaba
con su pequeña corte la construcción de las Tullerías en lo que entonces eran
las afueras de la ciudad. Su arquitecto era también un francés, Philibert
Delorme, pero no de noble alcurnia como Lescot, sino hijo de un simple albañil
de Lyon. No se sabe por qué lo escogió Catalina de Médicis para dirigir las
obras de su palacio, a no ser porque había residido largo tiempo en Italia
protegido por el cardenal Du Bellay, y porque la reina, que era italiana,
siempre demostró gran preferencia por las cosas de Italia; pero lo cierto es
que Delorme, además de dirigir las Tunerías, estaba ocupado por la favorita en
la construcción del castillo de Anet, que pretendía eclipsar todas las demás
residencias reales, y esto no podía ser para la reina una recomendación.
A la muerte de Enrique II,
Delorme fue retirado de su cargo en las Tullerías, como si se le quisiera
castigar por haber trabajado para la favorita, y sustituido por un italiano, el
Primaticcio, de la colonia de Fontainebleau. Diana fue desterrada de la corte y
tuvo que hacer entrega de Anet y Chenonceaux, que le cambiaron por el castillo
menos vistoso de Chaumont, también en el Loira. Philibert Delorme entonces se
dedicó a escribir obras de arquitectura y folletos de polémica. De esta época
son sus tratados de L’Architecture y
Nouvelles inventions pour bàtir a petits frais, en que propone nuevos
sistemas para todo. Delorme forma contraste con Lescot hasta en la suerte que
cupo a sus obras: el castillo de Anet, que construyó para Diana de Poitiers en
1547-1552, está mutiladísimo; las Tunerías, residencia predilecta de Napoleón
III, fueron quemadas bajo la Commune y
sólo quedan de ellas algunos restos.
Castillo de Chaumont. Emplazado sobre una colina, a la orilla del río Loire, es la puerta de entrada a Blois, capital comercial de la zona. Edificado sobre los restos de una antigua fortaleza feudal, fue cedido por Catalina de Médicis a Diana de Poitiers en 1560. Sus partes más antiguas fueron construidos por los condes de Chatilon (siglo XIII) y los condes de Orleans (siglo XV). Luis XII a principios del siglo XVI mandó construir el ala que lleva su nombre y que se une a la de Francisco 1 (1515-1524).
A pesar de la decidida protección
que dispensó Catalina de Médicis al arte italiano, la mayoría de los
arquitectos de su tiempo son franceses. Du Cerceau, autor de la obra ya citada,
Les plus excellents bâtiments de la
Frunce, hace la apología del estilo francés de la época; Delorme es también un
tratadista como Bullant. Sus principios son aplicados por los continuadores de
Lescot en el Louvre, y hasta por arquitectos de provincias, como el llamado
Bachelier, a quien se atribuyen la mayor parte de los edificios de Toulouse
construidos por esta época, especialmente el palacio de Assezat, edificado en 1555
por orden de Fierre de Assezat, ex consejero del Capitolio, edificio que parece
impregnado de las ideas de Lescot, formando como un pequeño Louvre de
provincias.
Después del terrible período de
guerras religiosas, que ensombrecen los reinados de los últimos Valois, renace
el arte en Francia con el advenimiento de la nueva dinastía de los Borbones en
la persona de Enrique de Navarra, que fue titulado Enrique IV. Aunque gascón en
cuerpo y alma, supo adaptarse al temperamento francés acaso mejor que los últimos
monarcas que le habían precedido. Se propuso completar el Louvre, que se
hallaba tal como lo dejara Lescot. Los arquitectos de Enrique IV prolongaron la
galería que corría paralela al Sena hasta enlazar con las Tullerías.
Patio interior del Palacio de Assezat, en Toulouse. Obra realizada en 1555 por Nicolas Bachelier. Construido como un pequeño Louvre de provincias, es un palacete renacentista con fachadas regulares y una gran escalera de rampas rectas, a la que da entrada la puerta algo elevada del suelo. Constituye un importante exponente del estilo francés en trance de formarse.
Así como Catalina de Médicis
había iniciado la construcción del Palacio de las Tullerías, otra italiana
ahora, la esposa del nuevo rey, María de Médicis, construyó el Palacio del
Luxemburgo. Esta reina florentina había querido imitar en París el Palacio
Pitti, pero el arquitecto francés encargado de la obra, Salomón de Brosse,
tenía una personalidad demasiado acentuada para contentarse con una simple
imitación de un edificio italiano. Era el mejor arquitecto francés de su siglo,
y, además, hugonote, y como tal hubo de construir el templo protestante de
París.
La planta del Luxemburgo está
dispuesta alrededor de un patio cuadrado; uno de los lados es la crujía de
entrada, que forma la fachada; ésta tiene la disposición francesa
característica: un pabellón central con la puerta. Las alas son un simple muro
de cerramiento decorado con pilastras, y en los extremos hay pabellones, con
tejados altos de gran pendiente. Este palacio es la joya de la arquitectura
francesa del período final del Renacimiento. Sus jardines son de una distinción
incomparable.
Vista aérea del palacio del Luxemburgo, en París. La reina florentina María de Médicis, esposa del rey Enrique IV. quería reproducir el palacio Pitti de Florencia, pero el arquitecto de la obra, Brosse, el mejor de su siglo, no se conformó con una simple copia. Entre 1615 y 1626 se llevaría a cabo su construcción. Actualmente acoge a la Cámara del Senado.
Las residencias reales de la
época de los Valois y los dos primeros Borbones, así como los castillos
privados se completan en lo posible con jardines. Ya hemos visto en el castillo
de Blois cómo se apreciaba la vista de los jardines desde el palacio de
Francisco I, abriendo sus fachadas con galerías para poder disfrutar de su
perspectiva; pero Delorme había de ser el que fijara los caracteres de los
jardines franceses, tanto con sus escritos como con sus propias creaciones.
En Meudon, aprovechándose de la
situación del castillo sobre la ribera del Sena, donde el terreno desciende en
pendiente hasta el río, había trazado una serie de terrazas, escaleras y
pabellones con galerías cubiertas y grutas con estuco. Lo mismo dispuso en
Saint-Germain. También quedan vestigios de un jardín bajo, rodeado de pórticos,
en Anet, al final del cual había un pabellón para conciertos, con una gruta
para baños en los sótanos.
Bernard Palissy, en su Jardin delectable, describe su ideal de
jardín como un lugar cerrado, donde la más salvaje vegetación se combinara con
árboles a los que se hubiese obligado a tomar las formas de columnas,
arquitrabes y cornisas. Ceramista y hombre universal, Bernard Palissy construyó
grutas famosas en el castillo de Ecouen y en las Tullerías, en las cuales,
dentro de las cavernas caprichosas de estalactitas, se veía la más fenomenal
población de reptiles de cerámica de colores, en cuya ejecución no tenía rival.
Jardines del palacio del Luxemburgo. La belleza de estos jardines, que rodean al palacio, subyugó a no pocos poetas. Personajes como Baudelaire los inmortalizaron en sus escritos. Los parterres y las avenidas de árboles son el elemento más característico de los jardines franceses, creando una configuración geométrica, en plena correspondencia con la arquitectura.
Sin embargo, lo característico de
los jardines franceses son los parterres y avenidas de árboles, en cuyos cruces
se disponían fuentes con esculturas. Mientras en Italia la Naturaleza se
urbanizaba sin deformarse, en Francia se la hacía arquitectónica y geométrica.
Los resultados, no obstante, hacen perdonar la artificiosidad del propósito; en
los grandes espacios llanos de la Francia Central hay vastas extensiones para
las largas avenidas bordeadas de parterres; realmente, jardines como los del
Luxemburgo, en París, o los de Versalles, tienen el mismo interés espiritual,
aunque en otro sentido, que el jardín Bóboli, en Florencia, o la Villa
Borghese, en Roma.
Fuente: Historia del Arte.
Editorial Salvat.
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