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17 diciembre 2016

La escuela de París

Jovencita de azul, de Chaïm Soutine,
 (Museo de  Israel, Jerusalén). Los
retratos de este pintor francés de origen 
lituano parecen  una cruel caricatura.

A finales del siglo XIX, el creciente prestigio de las nuevas escuelas había empezado a atraer a París a los artistas extranjeros, iniciando un proceso que se acelerará a principios del XX. Todos ellos se agrupan, podría decirse que se aglutinan, en dos barrios: Montmartre y Montparnasse. En Montmartre la mayoría se instalan en un extraño edificio llamado le Bateau-Lavoir, en el que Picasso mostró a algunos amigos Las Señoritas de Aviñón. En Montparnasse se encuentran en los cafés del cruce rue Vavin-boulevard Raspail (el "Dame", la "Rotonde" la "Coupole") o a la hora de comer en el modesto restaurante de Rosalie; los más pobres viven en una extraña construcción circular llamada la Ruche, reconstruída cerca de los mataderos de Vaugirard con elementos procedentes de la Exposición Internacional de 1900.


De este modo, llegan a París artistas de toda Europa, de Estados Unidos, de México, de Japón... que conformarán un mundo artístico de libertad, bohemia y melancolía que es, sin duda, uno de los períodos artísticos más fecundos y fascinantes de su tiempo. El contacto de los recién llegados con los cubistas influyó bastante en la formación de sus estilos, en los que la sensibilidad hacia el color y la imaginación se impusieron al esquema intelectual.


París, capital del arte

En los primeros años del siglo XX se instalan en París muchos artistas que habrían de marcar una época: en el año 1900 llegan Picasso, González y Eugéne Zak; en 1901, Serge Férat; en 1903, Marcoussis; en 1904, Brancusi; en 1905, Pascin, Coubine y Kars; en 1906, Bela Czobel, Juan GrisModigliani, Severini, Marie Blanchard y Souza Cardoso; en 1907, Hayden; en 1908, Csaky, Survage, Archipenko y Makowski; en 1909, Lipchitz y Zadkine; en 1910, Chagall y Kisling; en 1911, Giorgio de Chirico y Pevsner; en 1912, Charcoune; en 1913, Foujita y Soutine.
 El pueblo de  Chaïm Soutine

La aparición del fauvismo en 1905 y del cubismo en 1907 y el paso fulgurante de los Ballets Rusos, a partir de 1909, crean un clima excepcional de experiencias que se verá frenado por la guerra de 1914, aunque sin sufrir una interrupción total. Al terminar el conflicto, aquel clima cobra nuevo vigor, con una turbulencia un tanto desordenada, pero aquellos años de combates bélicos habrán tenido también sus efectos: la mayor parte de los artistas extranjeros, incluso los alistados en las tropas francesas, prosiguen con sus audaces tentativas junto con otros franceses que, al igual que aquéllos, aspiran con avidez a encontrar nuevas expresiones en el seno de un mundo que busca otro destino. Son los primeros pasos del arte abstracto, la explotación del cubismo, del fauvismo y del expresionismo, que dejan de ser algo excepcional gracias a una difusión cada vez mayor, y cuya búsqueda de la originalidad se convierte en habitual.

Con el intercambio de ideas e influencias entre postimpresionismo y poscubismo, se instaura un clima muy dinámico del que participan los artistas extranjeros, cada vez más numerosos, aprovechándose de esa atmósfera de emulación efervescente en la que la extrema libertad se codea con la extrema miseria, confrontadas, a veces confundidas, con las ostentaciones del lujo de los nuevos ricos de la posguerra.
 Ofelia de Moise Kisling

Otros artistas procedentes de Europa central o de Rusia, judíos en su mayor parte, aportan un acento más atormentado por su temor o huida de las persecuciones, y atraídos por el espejismo de la independencia. Inquietos y melancólicos dan a su pintura un giro muy especial, una atmósfera de vida ardiente y de trágico dramatismo. Soutine (nacido en Bielorrusia, 1894-1943) sufre unos años de gran pobreza. El arte de Soutine resume por sí solo y con un raro poder de expresión las acusadas características de este grupo: la manera de proyectar furiosamente el color sobre la tela, de improvisar formas delirantes, y ello tanto en retratos como en paisajes, muy apacibles en realidad. Esta pintura expresa la desesperación o la cólera, cualquiera que sea el tema elegido, aunque en Soutine esta demencia alcanza una suntuosidad y un lirismo de visionario.

Dentro de esta misma línea, aunque en menor potencia y dramatismo, se sitúan Kremegne (nacido en Rusia, 1890-1954) y Kikoine (nacido en Rusia, 1892-1968), y, con mayor ternura y personalidad que estos últimos, Mané Katz (nacido en Rusia, 1894-1962), el cual obtiene la mayoría de sus temas del folklore y la vida religiosa de las colectividades judías de la Europa del Este. La melancolía está todavía más acentuada en Eugene Zak (nacido en Rusia, 1884-1926).
 Manolita de Jules Pascin

A las manifestaciones del expresionismo judío en Francia, podemos añadir los nombres de Kisling (nacido en Polonia, 1891-1935), retratista exacto de muchachas de rostros alisados y miradas ensoñadoras, Pascin (nacido en Bulgaria, 1885-1930), colorista refinado, cronista melancólico y ácido de penosas juergas en burdeles, Chas-Laborde (nacido en Argentina, 1886-1941) y sus perversas muchachitas, en posiciones de inocente impudor; y sobre todo, Modigliani (nacido en Italia, 1886-1920), que encarna el romanticismo del artista maldito, de la miseria y del alcoholismo, con su vida de joven y agraciado descubridor de mujeres de cuerpos lisos y miradas perdidas. Su estilo, emparentado con las elegancias del más tradicional manierismo italiano, aporta al expresionismo una nota muy diferente del patetismo un tanto declamatorio que caracteriza a los artistas procedentes de la Europa central y oriental.

Entre los que llegaron de Francia antes de la guerra ocupa un lugar preeminente Chagall (nacido en Rusia, 1887-1985). Su personalidad se impuso muy pronto, gracias a sus cualidades de colorista y narrador maravilloso. Se sirve de los colores como músico y como pintor, complaciéndose en crear una armonía con dominantes, variaciones y contrastes, aunque sin dejarse encerrar en los límites de una mera imitación de la realidad; pero sin prescindir de ésta de modo sistemático y obedeciendo únicamente a las fantasías de su propia imaginación.
Jacques Lipchitz y su esposa
e Amedeo Modigliani

Su inquietud y dramatismo se expresan por una sonrisa y una gran ternura que concilian seres y cosas, gracias a una forma muy personal de moverse entre lo real y lo irreal, y de utilizar su virtuosismo de soñador despierto, libre de coacciones. Con desenvoltura de poeta inspirado, ha eliminado todas las leyes físicas de nuestro mundo material; ignora los principios elementales de la pesadez para que personajes y animales floten en el espacio; rehúsa admitir las estructuras de los seres vivientes, chocando cabezas de pájaros o de peces en los cuerpos de otras especies, y todo ello sin presentar la menor afectación. A veces, su juego adquiere un acento más patético y la fantasía da paso a una emoción más profunda. Algunos retratos, en especial, poseen una densidad humana, que van mucho más allá de las deslumbrantes fantasías del virtuoso y revelan auténtica emoción.

Su arte de imaginero oriental, después de haber atravesado las corrientes expresionistas y cubistas, incluso surrealistas, le ha permitido abordar todo tipo de temas, técnicas y dimensiones; ilustrar libros y decorar amplios muros, hacer cuadros de caballete y vidrieras; representar a enamorados entre flores y evocar a personajes religiosos. La aparente simplicidad de que ha dado muestras le ha hecho accesible a todos los públicos y le ha deparado los éxitos más resonantes, sin que haya tenido que defenderse de los rápidos cambios de la moda ni someterse a ésta.
Desnudo acostado
de Amedeo Modigliani

Pougny (nacido en Finlandia, 1894-1956), renunciando a la abstracción mecánica, vuelve al mundo real e inventa un precioso mosaico de vida trémula, tierno y refinado. Más tarde, Garbell (nacido en Riga, 1903-1970) se ejercitará en una parecida división del color para expresar el hormigueo de la luz. La importante colonia de artistas españoles ha proporcionado a la Escuela de París algunas de sus figuras más brillantes, tales como Picasso, Juan Gris, Dalí, Miró y otros artistas menos eminentes, aunque muy dotados, como Marie Blanchard, cuya aportación al cubismo y al período que le sigue es muy personal; Bores, Flores, Palmeiro, Pelayo, Vilató, Mentor y, sobre todo, Clavé (España, 1913-2005). Su instinto dramático se encarna e11 personajes picarescos, suntuosamente coloreados, cuya mirada fija plantea un inquietador interrogante en el espectador.

También los pintores italianos ocuparán un lugar destacado con la presencia -ocasional o definitiva de Chirico, precursor del surrealismo; de Pisis, poeta de transparentes evocaciones de ciudades mitad reales, mitad mágicas, y de naturalezas muertas ligeras como gasas; de Severini, uno de los creadores del fu-turismo; de Campigli y sus fantasmales personajes, supervivientes de frescos antiguos; Magnelli, uno de los primeros y más enérgicos apóstoles del arte abstracto; de Mario Tozzi que también elabora sueños con la realidad. El noruego Per Krohg aporta a esta cohorte internacional otro sueño personalísimo y un sentido de la composición que le predispone para las grandes decoraciones murales que poco después empezó a realizar en su país.
 A mi mujer de Marc Chagall

No es tan sólo Europa la que enriquece la Escuela de París con artistas originales. En ella, se hallará al japonés Foujita, dibujante preciso y preciosista. Los mejicanos Diego Rivera y Siqueiros verán confirmado su arte recio, que les permitirá situarse en lugar destacado en su país. De Uruguay, son recibidos dos bellos pintores impregnados de un sentido poético muy particular: Pedro Figari, con los recuerdos pintorescos de su infancia evocados a través de una sensibilidad parecida a Bonnard; Torres García, con sus construcciones y combinaciones de formas y signos. El brasileño Rego Monteiro destacará todavía más sus lazos con la poesía añadiendo a su pintura, muy estructurada, una actividad de editor con la publicación de elegantes cuadernos de poemas. De Argentina llega el escultor Pablo Manes, de formas amplias y armoniosas, que será llamado más tarde a asumir funciones diplomáticas de su país en Francia.

Entre los artistas franceses de orientación expresionista tiene carácter excepcional y sólo con cierta arbitrariedad se hace figurar en ella a Yves Alix (1890-1969) y Goerg (1893-1969), a causa de su visión de un realismo ácido -que en Goerg llega hasta la caricatura- en la observación de la vida de esos momentos. Alix recupera pronto una visión más tradicional del paisaje, antes de que introduzca en ella una síntesis emparentada con las consecuencias del cubismo, y Goerg, tras su paso por lo fantástico, aporta su espíritu agudo a la pintura de desnudos femeninos rodeados de flores. Habrá que añadir, dentro de la generación siguiente, a N acache, con personajes y escenas imaginarios, extraños, llenos de muecas.
Doble retrato del vaso de
vino de Marc Chagall

En los artistas franceses se manifiesta toda una corriente cercana al expresionismo por la intensidad del colorido y el dinamismo de las formas, con un arte que no supone necesariamente alusiones mórbidas o desesperadas, aunque caracterizado por cierta pasión de sentimientos, cierto lirismo en la expresión y una inspiración espontánea en el empleo del color. Ahí se puede citar a Charles Walch (1898-1948), que utiliza un lenguaje popular, de alegre colorido, menos ingenuo de lo que parece a primera vista; Charles Dufresne (1876-1938), dotado sobre todo para las grandes composiciones bien ritmadas; Gen Paul (1895-1975) que con su pincelada fulgurante y caricaturesca se relaciona eón Soutine, aunque con una gama de colores menos violentos dominada por grises refinados. Mucho más tarde hallaremos en Dauchot (1927) esta tentación por la improvisación.

Después de la última guerra, la obra de Pignon (1905-1993) también se enraíza en lo que fue el expresionismo francés. El arte de Pignon, desbordante de salud, resplandeciente de color, impulsivo, pero sin caer nunca en el desorden, oculta sin embargo bajo su fogosidad la gran lucidez de este pintor para captar la vida en sus instantes de ardor. Siguiendo la técnica de los empastes que recuerdan a Soutine, se encuentra todavía más recientemente a un equipo de pintores cuyo iniciador es Cottavoz (1922), con sus vigorosos alardes y superposiciones de colores y, relacionados con éste, aunque sus formas más livianas, a Fusaro (1925) y Truphémus (1922).
La tarde en la ventana
de Marc Chagall

El cubismo, al igual que el expresionismo, y a veces combinado con éste, sirvió de punto de apoyo a ciertos artistas para liberarse de las fórmulas tradicionales. Tal es el caso de Waroquier (1881-1970), a pesar de haberse mostrado obsesionado en todas sus experiencias por una necesidad de grandeza y de soledad. Otro independiente, Marcel Gromaire (1892-1971), escrupuloso hasta la intolerancia, adopta una construcción geométrica en sus composiciones sólidamente organizadas, no por analogía con el espíritu subversivo del cubismo, sino, todo lo contrario, por necesidad de orden y sumisión a un clasicismo renovado. Si bien no pudo realizarse en grandes composiciones murales como merecían sus cualidades, sin embargo, pudo dar su medida en vastos cartones para tapices que desempeñaron un papel de capital importancia en la renovación estética de esta disciplina. François Desnoyer (18941972) combinará la paleta coloreada de los fauves y los esquemas del cubismo para captar la vitalidad y la sana sensualidad de paisajes y escenas familiares.

Artistas como Le Fauconnier (1881-1946) y Favory (1889-1932) demuestran, con sus esfuerzos para huir del cubismo, hasta qué punto fue éste dominante y eficaz. Hayden, entre otros (nacido en Varsovia, 1883-1970), después de haber sido uno de los mejores adeptos de este movimiento, se alejó con dificultad de él en el período de entreguerras, pero luego volvió a encontrar un acento personal en paisajes y naturalezas muertas cuya extremada desnudez y pureza son evidente recuerdo de su paso por el cubismo. Todavía más directamente relacionado con él aparece Amédée Ozenfant (1886-1966) quien, llevando al máximo su afán por el rigor y la austeridad, creó con Le Corbusier alrededor de 1920 un movimiento llamado "purismo" y la revista "l'Esprit Nouveau" que tuvieron decisiva influencia.
Llegada de occidentales a
 Japón de Foujita



En Francia, constituye el único movimiento que ofrezca algo análogo a lo que fue la Bauhaus en Alemania, una forma de incorporar el elemento poético en una apariencia mecánica muy sistematizada. Ozenfant experimentaba poderosamente esta fuerza de la poesía por autocontrol voluntario, y en su revista dio paso a importantes estudios sobre Ingres, Poussin, David, Seurat y otros artistas del pasado que le permitían entroncar sus hallazgos con la tradición francesa.


Del respeto por la naturaleza a la reivindicación del realismo

Paralelamente a esta difusión de ideas revolucionarias, muchos jóvenes artistas franceses que, antes y durante la guerra, se habían sentido interesados por las audacias del cubismo, se convirtieron en grupos de sentimientos e ideas profundamente agitados. Sintieron entonces la necesidad de abordar los problemas del arte con mayor seriedad que turbulencia, de enfrentarse con la naturaleza para comprenderla mejor y no para renegar de ella o maltratarla. El arte lo conciben menos como un juego del espíritu inventivo que como una toma de conciencia de la realidad. La acción de muchos de ellos está sellada por cierta gravedad, una gran discreción y, al propio tiempo, por la aceptación de la soledad en nombre de la independencia. Su obra conserva estrecho contacto con la naturaleza y muchos de ellos invocan el ejemplo de Cézanne, no por las posibles deformaciones que en él descubrió el cubismo, sino por el análisis del paisaje, por su luminosidad estable y por su clasicismo instintivo. No participan de la fiesta permanente de Montpamasse y prefieren una existencia más tranquila casi burguesa. Se les ve atentos, serios, abandonando con frecuencia la ciudad para ir a trabajar al campo. Su cordura no es un paso atrás, una postura cómoda para resucitar el academicismo es una forma de afirmación personal en contra de las nuevas convenciones suscitadas por los últimos afanes.
 Buceadores multicolores de Édouard Pignon

Dunoyer de Segonzac (1884-1974) es la ilustración más brillante de este retorno a una forma de tradicionalismo vivo. En los alrededores de París o de Saint-Tropez, encuentra la ocasión para expansionar una serenidad a un tiempo grave y ligera que le convierte en un pintor indiferente a las teorías. Entroncado con este temperamento y de análogas cualidades, es Luc-Albert Moreau (1882-1948), artista que ha tenido un papel de primer orden en la revalorización de la litografía. El recuerdo de la guerra y sus tragedias le condujo a tratar casi únicamente escenas de trincheras. A estos dos nombres hay que añadir el de Boussingault (1883-1943), también él artista serio sin austeridad, sensual sin vulgaridad.

Siguiendo la estela de este grupo homogéneo y amistoso, se encuentra a muchos otros pintores que merecen el título de "Pequeños maestros", tanto por la naturaleza de su sensibilidad, como por el exacto dominio de un oficio muy en consonancia con sus medios y con los temas que tratan: Céria (18841955), Daragnes (1886-1950), Vergé-Sarrat (18801966); Gernez (1888-1948), amante de las luces nacaradas del estuario del Sena, además de autor de desnudos y de ramilletes de flores, en una atmósfera acolchada de poesía un tanto misteriosa. Todavía han sido más olvidados artistas que en su tiempo merecieron y gozaron de cierta reputación: Henri Ottmann (1877-192n que enriquecía sus naturalezas muertas con irradiaciones de los colores del prisma; Maurice Asselin (1882-1947), con sus flores discretamente conjugadas con armonías de gris; Pierre Laprade (1875-1932), todavía más virtuoso que Asselin en los grises, pero aplicándolos a la evocación de tiernas figuras femeninas en silenciosos interiores o en jardines un tanto mágicos; Louise Hervieu (1878-1954), que destaca por la suntuosidad de sus dibujos negros y blancos en ramilletes e interiores misteriosos. Y agréguese a Georges Bouche (1874-1941) que, con enormes empastes, ofrece paisajes o naturalezas muertas de sordas armonías, como bañados por la bruma de un ensueño.
 Desnudo rubio
de Marcel Gromaire

Otro grupo, un poco más jóven, muestra mayor afición por la tierra, por los paisajes: La Patelliére (18901932) rehuye la exteriorización y los alegres coloridos del impresionismo, y prefiere el misterio, el silencio de las penumbras campestres y su poesía impregnada de gravedad; Savin, con parecidos temas, resulta mucho menos austero e incluso se torna voluntariamente truculento. En él, los colores pardos de La Patelliére se iluminan de rojo. Lotiron (1886-1965), Gérard Cachet (1888-1969), Savreux y Guastalla (1891-1968) procuran con igual discreción plasmar la apacible armonía de los lugares y su soledad sin dramatismos.

Además de estos hombres de la ciudad que descubren la poesía de los campos franceses y de la vida lenta, se pueden añadir aquellos otros pintores que vivieron en Montmartre y se formaron en su atmósfera de islote rodeado por la gran ciudad: todos ellos quedaron sellados por su carácter de aldea olvidada y su supervivencia con medios modestos. Utrillo (1883-1955) es su vedette miserable y casi genial: miserable por su vida y su involuntario hundimiento en las ruinas del alcoholismo; genial por su instinto que le permite redescubrir, casi sin maestro y sirviéndose a menudo de postales, el encanto y el color refinado de las viejas estancias, de las paredes leprosas, las enternecedoras soledades de las ciudades del extrarradio, de sus iglesias dormitando en las plazuelas desiertas.
 El segador flamenco
de Marcel Gromaire

Es cierto que su principal maestra fue su madre, Suzanne Valadon (1867-1938), artista sorprendente, antigua modelo de Degas y Renoir, que llegó a ser una gran dibujante y pintora de poderosa originalidad en la observación y de gran vigor en la ejecución. Junto a estos dos artistas, sensiblemente influidos por ellos y tratando los mismos paisajes de Montmartre, se pueden citar a André Utter (1886-1948), Quizet (1885-1955), Maclet y a Leprin (1891-1933), éste más independiente.

El mismo respeto por la naturaleza se lo vuelve a encontrar en muchos pintores franceses de la generación siguiente, la nacida en torno a los años 1900-1910. Entre ellos resulta más difícil que con sus predecesores, establecer una jerarquía y hallar una personalidad que despunte claramente sobre las demás. Su presencia constituye una amplia corriente no carente de unidad, en presencia de auténticas creaciones que revelan indiscutibles cualidades, tanto en lo que concierne a la percepción del mundo exterior, como a su representación. Cada cual se expresa con medios seguros, con un lenguaje personal y gran honradez. Esta generación, por el tranquilo individualismo que la define, no ha tenido ocasión de agruparse en torno a ruidosas proclamas y alborotadas exposiciones, ni de seguir a un guía, ya que cuantos la componen no son capaces de imponer a los demás su forma de ver las cosas. De hecho, estos hombres, que proporcionan la anécdota necesaria a su colorismo matizado parecen adherirse individualmente a una prudente tradición, dan muestras de mayor independencia que quienes se lanzan por caminos revolucionarios pero que implican someterse a teorías colectivas.
Alta Provenza
de André Denoyer de Segonzac

Mucho más tarde, estos pintores se agruparán con el título general de "La realidad poética", término que, a falta de nada mejor, puede aceptarse, puesto que resulta parcialmente la idea que tienen en común y evita la dificultad de reunirlos en una doctrina estética. El único grupo que es posible encontrar entre ellos posee esencialmente una significación amistosa e incluye a Raymond Legueult (1898-1971), Roland Oudot (1897-1981) y Brianchon (1899-1979). De hecho, sus obras son muy diferentes: Legueult, con sus escenas irisadas, soleadas, radiantes como fuegos artificiales; Oudot, más duro, tenaz, con una materia rugosa, rica en superposiciones, con sus cielos azules como un decorado de fondo en un escenario; Brianchon, con una paleta más mortecina, que concuerda con los contrastes de sus colores claros y acentúa el silencio en el que envuelve sus composiciones o sus frescos paisajes.

Yves Brayer (1907-1990), fervoroso amante de países soleados, pinta con idéntica facilidad el exotismo mexicano, los palacios italianos o los paisajes provenzales. Su pintura conserva el tono de las cosas captadas a lo vivo, incluso en el caso de las composiciones más ordenadas. Limouse (18941990), gusta emplear el color en fuertes empastes. Por el contrario, Cavaillés (1901-1977) proporciona a su pintura al óleo una finura casi transparente, como de acuarela. Planson (1898-1981) explora los mismos paisajes que Dunoyer de Segonzac, pero con una visión más clara y, al igual que éste, se detiene en ocasiones en una sensualidad sonriente en la pintura de desnudos. Terenchkovitch aligera la consistencia de seres y cosas y, con pequeños toques claros, da la impresión de pintar su centelleo. Despierre (1912-1995), dando muestras de una sutilísima percepción de la naturaleza, semejante a la de su padre Céria, se orienta poco a poco hacia un arte más razonado, confirmando con ello un deseo de redescubrir los senderos de un nuevo clasicismo.
Las bañistas de Amédée
de La Patellière

       Caillard y Aujame (1905-1965) saben descubrir en la materia de la pasta un ardor expresivo que permite manifestar un florecimiento físico y espiritual a la vez; utilizando, junto con Caillard, la cálida brillantez que proporcionan los temas del norte de África, aunque sin dejarse arrastrar por su exotismo fácil Aujame descubre el misterio de los sombríos bosques de Auvernia, o el extraño rostro de las piedras esculpidas de modo insólito por el tiempo. Se tiende a olvidar en exceso a esta corriente que fue servida por numerosos artistas, por lo que es de justicia citar aquí a otros como Poncelet, Sabouraud, Clairin, Berthomé Saint-André, Couty y Zendel.

Hacia el año 1935 se constituye un grupo que expresa claramente sus intenciones colectivas con el título de "Fuerzas nuevas". Con Rohner (19132000), Humblot (1907-1962) y Lannes (1911-1940) su voluntad de respetar la naturaleza sin menospreciar la aportación de las experiencias de las épocas anteriores a la guerra, permite adivinar en el trasfondo el recuerdo del cubismo y, sobre todo, de Roger de la Fresnaye. Estos artistas no intentan producir la ilusión de una improvisación o de una sensación espontánea, sino que desean que el orden que imponen aparezca como algo natural y no sea obligatoriamente destructor. Por ello, procuran dar a sus composicion.es un ritmo que no elimine la sensación de vida y que, en Humblot, llega hasta acentuar el sentimiento dramático, o en Rohner, la obsesión de la geometría poética.
La calle del Mont-Cenis
de Maurice Utrillo

En esta misma época, Francis Gruber (1912-1948) aborda también el realismo con visión original, observación inquieta, dibujo agudo y crispado, como una armonía de colores que opone el rojo brillante al verde frío, creando con ello, aun en un simple paisaje, una atmósfera dramática muy especial.

Después de la guerra, esta piedad agresiva encontrará eco en los jóvenes pintores que todavía tienen presentes en el espíritu los dramas de la ocupación y ven el mundo dominado por la miseria. El joven Bernard Buffet (1928-1999), especialmente dotado y dibujante muy expresivo, surge súbitamente y se impone con rapidez. No se convertirá en adalid de ninguna escuela, porque, por otra parte, la singularidad de su dibujo sólo podría suscitar imitadores sin sugerir principios estéticos. Sin embargo, su ejemplo y el sentimiento que de él se desprende, responden claramente a ciertas preocupaciones de la época y muchos hombres de su generación siguen un sendero análogo, a veces animados por las orientaciones que predica el partido comunista en favor de un arte calificado de "realismo socialista", al cual se someterá durante mucho tiempo Fougeron (1913-1998), mientras que Rebeyrolle (1926-2005) lo abandonará muy pronto para seguir más libremente los impulsos de su temperamento explosivo.
 La habitación azul de Suzanne Valadon

De hecho, esta proposición política encontrará escaso eco y la mayoría de los jóvenes realistas mostrarán pronto su independencia, sin renunciar, empero, a explorar los aspectos patéticos de la sociedad de posguerra. De Gallard (1921) introduce en sus melancólicos paisajes de suburbio, la tímida sonrisa de unos rayos de sol y algunas ramas floridas. Minaux (1923-1986) verá cómo su inspiración popular se va despojando progresivamente, depurándose hasta que resalten sus cualidades poéticas: Guerrier (1920-2001) y Verdier (1919) conservarán, por el contrario, una escritura voluntariamente dura, subrayando con trazo fuerte las estructuras de paisajes o naturalezas muertas. Aizpiri (1919) juega con oposiciones de colores y fragmentaciones de superficies para imaginar seductoras arlequinadas. Más dramáticamente aficionados a rostros ansiosos de miradas tensas, Jansem fija las silenciosas esperas de miserias resignadas y Michel Ciry (1919) las de las desesperantes riquezas de fe, ambos apoyándose en un dibujo incisivo.
Mujeres en el aseo
de Maurice Briandon

Esta afirmación de realismo adquiere una forma menos social, pero no menos consciente en una iniciativa del pintor Kischka, caracterizado por sus obras sólidamente estructuradas, que crea el Salon des Peintres Témains de leur Temps, cuyo programa consiste en exponer obras en las cuales" el hombre esté presente y sea reconocible", lo que es una forma de compromiso sin significación política, si bien tiene un valor moral, un valor de manifiesto, en oposición al desarrollo rápido e incontenible, en la posguerra, del arte llamado abstracto o no figurativo. Entre los más fieles expositores que aportaron sus obras en este Salon, Mac Avoy (1907 -1991) se distingue por sus retratos que, aparte del exacto parecido, siguen de un modo fiel esta idea de conjugar el hombre y su entorno.

Resulta difícil incluir a unos cuantos artistas en alguna de las categorías, aun las más amplias: Jean Dubuffet (1901-1985), cansado de experiencias demasiado sabias y de teorías muy inteligentes, ha intentado encontrar un lenguaje más simple, más natural, y creyendo redescubrir el frescor de cierta ingenuidad, no ha podido ocultar su propia inteligencia y su misma habilidad. Su fantasía y su imaginación, siempre alertas, le han conducido, tras algunas tentativas de esgrafiados, a la reconstrucción de un mundo vivo de formas que se imbrican y se engendran, a la manera como lo hacen las moléculas que forman un cuerpo.
Un puerto de Bernard Buffet

Balthus (1908-2001), a falta de mejor precisión, se le incluye a veces en el surrealismo, pero se distingue de él por los medios empleados, por su intención de aparente banalidad de las formas utilizadas; sin embargo, por su manera de inmovilizar el instante, infunde en sus obras una atmósfera extraña, dañina, una inquietud latente, y siempre deja presentir la reciente o próxima presencia de un momento dramático. Bissière (1888-1964), escapado del cubismo, ha sido un iniciador particularmente eficaz para muchos jóvenes pintores y uno de los inventores más sensibles de un arte que parece no figurativo, a pesar de que en él se percibe la presencia constante de la naturaleza. André Beaudin (1895-1979), hábil en construir un espacio animado de realidad geométrica, ha creado una poética de las formas muy personal. André Marchand (1907-1998) prosigue, solitario, sus experiencias para captar lo inaprensible de la naturaleza, el duro brillo del sol convertido en luz negra en paisajes provenzales, o los fluidos movimientos de aire y agua envolviendo a pájaros y toros en La Camargue. Carzou (1907-2000), descubridor de sueños transparentes, de redecillas milagrosas, dibuja en el espacio paisajes de bosques, ciudades y castillos, sin densidad, sin materia, frágiles y mágicos como una tela de araña bañada por la luz.
 Interior de Francis Gruber

Después de la guerra de 1939 se produjo un doble movimiento bastante parecido al que siguió a la guerra de 1914: por una parte, una ampliación de los sistemas innovadores que rechazan con brusquedad los aspectos más tranquilizadores de los años precedentes; por otra parte, una defensa de las concepciones tradicionales, sin perjuicio de enriquecerlas con las libertades conseguidas, conjugándolas con lo que ya existía, y no oponiéndolas. Así, pues, jóvenes artistas como Lesieur (1922), Génis (1922-2004), Commère (1920-1986), Bardone (1927), Sarthou (1911-2000), Michel Rodde (1913), Morvan (1928) y también Savary (1920), Sébire (1920-2001), Bellias (1921-1974), Guiramand (1926), Brasilier (1929) y Pollet (1929), se lanzan por un sendero semejante al que siguieron, quince o veinte años antes, los pintores de "La realidad poética", pero aportando una transposición más libre, más ligera, una visión más trémula, algo que les acerca a Bonnard y al impresionismo.

Otros -a menudo por un afán de simplificación muestran vagas reminiscencias del cubismo y del fauvismo, a pesar de que evidencien una gran independencia: Marzelle (1916), Mouly (1918), Bezombes (1913-1994), Schurr (1921), Bierge (1922-1991), Boussard (1915), De Rosnay (1914), Du Jannerand (1919), Friboulet (1919-2003), Baron-Renouard (1918), Yankel (1921). Con cierto sentido del misterio, Capron podría ser incluido en el surrealismo. 

Una renovación más allá de la pintura

Sería imposible enumerar a todos los artistas que, durante la primera mitad del siglo XX, desempeñaron un papel activo y eficaz dentro de esta colectividad que fue la Escuela de París, de igual modo que no se podrían enumerar todas las teorías que en su seno se elaboraron, todas las fórmulas de arte que en ella se experimentaron. Todo era tentador para esta multitud en fermentación, y el deseo de cambio, de superación, de redescubrimiento, tenía que incitar a los artistas a ir más allá de la pintura de caballete y orientar sus búsquedas hacia otros oficios, otros temas. Muchos de estos pintores se hicieron grabadores, ilustradores de libros, decoradores de teatro, diseñadores de tapices y vidrieras, ceramistas, dibujantes de tejidos de moda o diseñadores de muebles e incluso escultores.
 Desnudus de Jean Dubuffet

En consecuencia, este gran movimiento de renovación ha dado un empuje excepcional a todas las disciplinas. Más que los artesanos, a menudo han sido los pintores -a veces de acuerdo con los coleccionistas- quienes han renovado profundamente los aspectos y las técnicas.

Así, después que los grabados en madera de Gauguin transmitieran una visión más primitiva, Derain y Raoul Dufy aportaron a esta disciplina un acento y unos medios totalmente imprevisibles. Louis Jou fue el iniciador de esta técnica para muchos pintores que, tras la guerra de 1914, darían un impulso inesperado al libro de lujo y a su ilustración. La renovación del grabado sobre cobre debe mucho a J. E. Laboureur y a Dunoyer de Segonzac la litografía, a Luc-Albert Moreau. Manteniendo el respeto por las tradiciones, consiguieron introducir numerosas ideas y fórmulas nuevas.
Bacante de Leon Bakst

Daragnes, pintor y grabador, tan hábil artesano como artista refinado, ha desempeñado un papel de primerísimo orden en la creación del estilo del libro moderno. Antes de la guerra, el pintor Paul Deltombe había pensado rejuvenecer los medios y los temas del tapiz. Más tarde, Pau lVéra propone composiciones más originales, luego llega Jean Lurçat y a una gran amante del arte, Madame Cuttoli, corresponde el mérito de haber empezado a renovar profundamente el repertorio estético en este campo/ mientras que Jean Lurçat ha vuelto a encontrar y ha interpretado en forma moderna las más sanas tradiciones técnicas. Su actuación ha sido considerable, no sólo por la calidad de sus obras, con las simplificaciones que representan, sino también por el ejemplo dado con la irradiación de este dinamismo que ha arrastrado a artistas, artesanos, industriales y al público, a un auténtico renacimiento, con todo lo que esto implica simultáneamente de riquezas en el descubrimiento y de mediocridad en la imitación torpe.
Composición
de Roger Bissière

En los orígenes de la renovación de la vidriera encontramos, entre otros, al pintor Jacques le Chevallier, asociado a Louis Barillet. Con sus vidrieras blancas, presentan las primeras cristaleras adaptadas a la arquitectura geométrica de Mallet'Stevens. En cuanto a la cerámica, André Metthey fue quien solicitó a MatisseBonnardVan DongenRouaultVlaminckDerain y a algunos otros la decoración de platos y vasijas.

Tal vez en la decoración teatral fuera donde la aportación de los pintores resultase más espectacular y más directamente activa. Con los Ballets Rusos y el efecto deslumbrador que causaron en 1909, Sergej Djagilev demuestra hasta qué punto la contribución del pintor, estrechamente asociada a la elaboración de un espectáculo, puede producir resultados originales y superar la función accesoria hasta entonces otorgada a trajes y decorados. Después de haber comenzado con la revelación de pintores rusos -Bakst, Alexandre Benois, Golovin, Korivin, Bilibin y luego Gontcharova y Larionov (estos dos últimos habían llegado a París después de haber creado el rayonismo en Rusia)-, Djagilev se dirige sin tardanza a los pintores ya conocidos en la sociedad parisiense: PicassoBraque, Derain, Matisse. Paralelamente, Jacques Rouché, director del Théatre des Arts, y luego de la Opera, revelaba los pintores Maxime Dethomas, René Piot, Drésa y, más tarde, Cassandre. Los Ballets Suecos contribuyen a esta búsqueda, con Bonnard, Léger, Rouault, Chirico. Los teatros de vanguardia (Copeau, Baty, Dullin, Jouvet) formarán nuevos equipos con pintores que muy pronto serán ya auténticos especialistas: Barsacq, Touchagues, Jean Hugo, Vakalo, Christian Bérard, Yves Alix y Paul Colin. En este campo, se ha conseguido un brillante palmarés, ya que ha sido posible asistir a una eclosión comparable a la de la pintura, pero manteniendo cierta autonomía respecto a ésta.
 La estancia turca de Balthus

No hay que subestimar el papel desempeñado por el snobismo en esta eclosión general. La clase social, responsable de la orientación de la moda y de la dirección del gusto en general, después de haberse visto atraída por las tranquilizadoras convenciones académicas, descubre a principios de siglo el placer de lo imprevisto, incluso la alegre excitación del escándalo. Un joven poeta, Jean Cocteau, se convierte muy pronto en consejero con amplio auditorio, y sus entusiasmos proporcionan mayor resonancia a unas experiencias que, sin su apoyo, habrían sido efímeras. De este modo, la suntuosidad de los Ballets Rusos se ve prolongada en los espectáculos de los Soirées de París, montados por el conde Etienne de Beaumont; la moda encuentra su lugar dentro de un arte joven gracias a las fantasías de un Paul Poiret que, en este campo de la elegancia ampulosa, había sido precedido por el equipo de diseñadores reunido hacia 1912 en torno a La Gazette du Bon Ton: Brissaud, Lepape, Martin, Marty, Brunelleschi, Benito y algunos otros incorporaron las modernas audacias con un refinamiento que a menudo alcanza los niveles del preciosismo.
 Lelia Caetani (joven en un parque)
 de Balthus

En resumen, todos los artistas importantes de esta época han participado en esta expansión multiforme y han cooperado a despertar las técnicas enraizadas en las rutinas heredadas del pasado, sometidas a la monotonía. Han introducido en ellas una savia estimulante, cuyas posibilidades no tardarán en ser comprendidas por los técnicos. Picasso, Chagall Dufy y Léger, entre otros, figuran entre los más prolijos, los más curiosos en experimentar todas las disciplinas.


Con este papel de entrometidos, aportaron tantos descubrimientos -incluso puede decirse tanto talento- que parecen haber hallado de nuevo las formas más vivas de la creación artística, aquellas que ilustraron HolbeinLe BrunRubens y da Vinci, sin dejarse limitar por ellas, y encontrando, por el contrario, en cada técnica, nuevos pretextos y estímulos.

Fuente: Texto extraído de Historia del Arte. Editorial Salvat

Ver obras de La escuela de París

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